A ras de suelo

Esperar noticias que no llegan: Camus, Urda y el oficio de acompañar

Mientras las familias de Urda aguardan una llamada, el resto del país mira, comparte y se pregunta qué puede hacer. Camus propone una respuesta sobria: hacer bien lo que te toca y no dejar sola a la gente.

Por Redacción de A ras de suelo · · 10 min de lectura

Voluntaria ofrece una taza caliente a una mujer mayor que espera junto a otras personas en una sala con niebla tras la ventana, ilustración sobre la espera de noticias

Hay una imagen que se repite estos días. Una sala prestada, sillas alineadas, café en vasos de cartón y personas que miran el teléfono cada pocos segundos. No están esperando un tren ni una cita médica. Esperan saber si alguien a quien quieren está vivo. Fuera, la niebla de Toledo; dentro, una calma rara, hecha de cansancio y de miedo contenido.

El miércoles 28 de octubre, dos trenes de alta velocidad chocaron cerca de la estación de Urda, en la provincia de Toledo. Los últimos balances hablan de al menos 69 personas fallecidas y de decenas de heridos, varios en estado crítico. El Gobierno ha decretado luto nacional y la investigación sobre las causas acaba de empezar. Mientras tanto, decenas de familias han pasado la noche en Toledo, después de aportar muestras de ADN, a la espera de una llamada que confirme o descarte lo peor. 1

Un coordinador de Cruz Roja lo resumió con una frase que merece detenerse en ella: lo fundamental es ofrecer a cada persona un momento de ayuda, de expresión y de cariño, un momento en el que se sienta acompañada. Y, a veces, ese momento es simplemente un silencio. 2

Este ensayo no pretende explicar el accidente ni repartir culpas; para eso están los investigadores y los tribunales. Tampoco pretende dar consuelo a quien ha perdido a alguien: ninguna página puede hacer eso. La pregunta es otra, y nos alcanza a casi todos: ¿qué hacemos los que miramos desde lejos una tragedia que no es nuestra pero nos duele? Albert Camus dedicó una novela entera a esa pregunta. Se llama La peste, y su respuesta es menos solemne de lo que cabría esperar.

Mano que sostiene un teléfono con la pantalla en blanco junto a una ventana con niebla sobre un paisaje castellano
La espera convierte el teléfono en el centro del mundo: cada minuto sin noticias pesa.

La espera es una forma específica de sufrimiento

Antes de hablar de quienes miran, conviene reconocer lo que viven quienes esperan. La espera de noticias sobre un desaparecido no es todavía duelo, pero tampoco es esperanza tranquila. Es un estado suspendido en el que la mente oscila entre dos mundos incompatibles: uno en el que esa persona está inconsciente en un hospital y otro en el que no volverá. Varios familiares lo han descrito así ante los periodistas: momentos de esperanza seguidos de abatimiento, una y otra vez.

Lo más difícil de esa oscilación es que no admite trabajo. En el duelo, por terrible que sea, hay algo que hacer: despedirse, recordar, reorganizar la vida. En la espera no. Cualquier gesto parece una traición a una de las dos posibilidades. Prepararse para lo peor se siente como abandonar a quien quizá sigue vivo; aferrarse a lo mejor se siente como negarse a ver. Por eso tanta gente en esas salas dice lo mismo: que lo que falta es información.

Hemos escrito aquí sobre el duelo por alguien que no conociste y sobre la enfermedad que irrumpe sin pedir permiso. La espera de Urda es otra cosa. Es el instante anterior, el umbral en el que todavía no hay nombre para lo que está ocurriendo. Y es, precisamente, el lugar donde el acompañamiento importa más y donde las palabras sirven menos.

Médico con bata blanca acompaña a una mujer por una calle costera mientras otros vecinos se ayudan, recreación inspirada en La peste de Camus
Recreación artística: en La peste, la respuesta al mal llega del trabajo cotidiano de muchas personas.

Camus y el escándalo de lo que no tiene sentido

Camus nació en Argelia en 1913 y murió en 1960 en un accidente de tráfico. Su filosofía parte de una constatación incómoda: el ser humano busca sentido y el mundo no responde. A ese choque lo llamó lo absurdo. No significa que la vida sea ridícula, sino que hay una distancia irreparable entre nuestra exigencia de razones y un universo que no las ofrece. La Enciclopedia de Filosofía de Stanford lo explica con claridad: lo absurdo no está en el mundo ni en nosotros, sino en la relación entre ambos. 3

Una tragedia como la de Urda es lo absurdo en estado puro. Alguien se subió a un tren una mañana corriente, con su perro en un transportín o con un libro a medias, y esa mañana corriente se rompió. No había una lección escondida en ello. Cualquier intento de dar un significado cósmico a esas muertes —un castigo, un plan, una prueba— ofende a quienes las sufren. Camus fue muy duro con ese tipo de explicaciones: le parecían una manera de escapar de la realidad en lugar de mirarla.

Pero lo interesante de Camus no es el diagnóstico, que ya hemos explorado al hablar de el tiempo y lo absurdo. Lo interesante es lo que propone hacer después. Ante lo que no tiene sentido, dice, no caben ni la resignación ni la huida. Cabe la rebeldía, que en su obra significa algo muy concreto: negarse a aceptar el mal como si fuera normal y, a la vez, actuar dentro de él con lucidez.

La peste: la decencia como oficio

En La peste, publicada en 1947, una epidemia aísla la ciudad argelina de Orán. El protagonista, el doctor Rieux, no es un héroe ni un santo. Es un médico que hace su trabajo. Cuando un periodista le pregunta, casi con reproche, si cree que su labor sirve de algo, Rieux responde con una idea que se ha vuelto célebre: que la única manera de luchar contra la peste es la honestidad, y que para él la honestidad consiste en hacer su oficio.

Esa respuesta desconcierta porque es pequeña. Uno espera que la filosofía, ante la catástrofe, diga algo grandioso. Camus hace lo contrario: rebaja el tono. Los personajes que combaten la epidemia no lo hacen por una teoría ni por una fe compartida. Lo hacen porque hay enfermos, porque alguien tiene que contar las camas, apuntar los datos, llevar el caldo. El funcionario Grand, que en la novela anota estadísticas con letra cuidadosa, es tan importante como el médico. El narrador lo dice abiertamente: si hace falta un héroe, propone a ese hombre insignificante.

Ahora mira las noticias de Urda con esos ojos. Los forenses que trabajan en Toledo identificando restos. Los guardias civiles que toman muestras de ADN y se comprometen a llamar directamente a cada familia. Los voluntarios que sirven comida en una casa sacerdotal. Los psicólogos que se sientan al lado de alguien sin decir nada. Los equipos de emergencias que trabajaron toda la noche entre los vagones. Nadie de ellos está explicando la tragedia. Todos están, en el sentido de Rieux, haciendo su oficio con honestidad.

Fila de personas de distintas edades esperando con calma a la entrada de un centro de donación de sangre en otoño
Ayudar a distancia suele parecerse más a una fila tranquila que a un gesto heroico.

El riesgo del espectador: mirar demasiado

Si eres de los que miran desde lejos, quizá hayas pasado las últimas horas con una sensación conocida. Abres una noticia, luego otra, luego un vídeo, luego los comentarios. Cada actualización del número de víctimas te encoge el estómago, y aun así vuelves a buscar la siguiente. Al final del día no has ayudado a nadie y estás agotado.

Camus tiene algo que decir también aquí. En La peste, uno de los peligros que más le preocupan no es la indiferencia, sino una forma de implicación estéril: la de quien se emociona, se indigna y comenta, pero no cambia nada de su conducta. La emoción, sin traducirse en algo, se convierte en un espectáculo para uno mismo. No es culpa de nadie; es lo que ocurre cuando una catástrofe llega por una pantalla diseñada para que no dejes de mirar.

Además, el consumo compulsivo de información en estos días tiene un coste para las propias familias. Circulan listas no confirmadas, fotos del lugar, teorías sobre culpables y filtraciones de datos de la investigación. Los propios maquinistas han lamentado la difusión de información confidencial. Cada rumor que se comparte puede llegar a alguien que todavía no sabe nada y que lo lee en el peor momento posible. Ya hablamos de cómo discutir en internet acaba envenenándote; en una tragedia, el veneno también alcanza a otros.

La alternativa no es apagarlo todo y fingir que no ha pasado. Es pasar de espectador a participante, aunque sea en una escala mínima. Y para eso Camus ofrece una pista: busca cuál es tu oficio en esta situación.

¿Cuál es tu oficio cuando la tragedia no es tuya?

La mayoría de nosotros no somos forenses ni psicólogos de emergencias. Pero eso no significa que no tengamos nada que hacer. Significa que nuestro oficio es más modesto, y que precisamente por eso es fácil despreciarlo.

Para mucha gente, el primer oficio es no estorbar. No difundir lo que no está confirmado. No llamar a los teléfonos de emergencia si no tienes información relevante. No presentarte en un lugar donde trabajan los equipos de rescate por curiosidad. Puede sonar pasivo, pero Rieux también valoraría a quien sabe no añadir caos al caos.

El segundo oficio es responder a lo que se pide, no a lo que imaginas. En estos días, los centros de transfusión han explicado que el abastecimiento de sangre está garantizado y han pedido escalonar las donaciones. Es un buen ejemplo: la ayuda útil no siempre es la más visible ni la más inmediata. A veces consiste en donar dentro de dos semanas, cuando el pico de solidaridad haya pasado y las reservas vuelvan a necesitarse. 4

El tercer oficio es cuidar el círculo cercano. Una tragedia nacional remueve duelos antiguos. Quien perdió a alguien en un accidente, quien viaja cada semana en ese mismo tren, quien tiene familia en la zona: todos pueden estar peor de lo que parece. Preguntar a un amigo cómo está, sin convertirlo en una conversación sobre el accidente, puede ser más útil que cien publicaciones de condolencia.

Mujer apoya la mano en el hombro de una amiga abatida en una cocina de noche, con una vela encendida y la televisión apagada
Apagar la pantalla y sentarse al lado de alguien también es una forma de responder a una tragedia.

Acompañar sin palabras de más

La frase de Cruz Roja sobre el silencio no es una figura retórica. La Organización Mundial de la Salud, en sus guías de primeros auxilios psicológicos, insiste en algo parecido: escuchar sin presionar para que la persona hable, atender necesidades básicas, no dar falsas garantías y conectar con apoyos reales. Nada de eso requiere una gran frase. 5

Camus desconfiaba de las palabras infladas. En la novela, el padre Paneloux pronuncia un sermón en el que interpreta la epidemia como un castigo merecido. Más adelante, tras presenciar la agonía de un niño, su discurso cambia por completo. Rieux le dice entonces que no está dispuesto a amar una creación en la que los niños son torturados. No es una conclusión teológica; es una negativa a aceptar explicaciones que dejan solo al que sufre.

Si alguna vez te toca acompañar a alguien en una espera así, o en el duelo que viene después, quizá ayude recordar lo que no conviene decir. Frases como «todo pasa por algo», «al menos no sufrió» o «sé exactamente cómo te sientes» suelen nacer del deseo de aliviar, pero a menudo sirven más para calmar la incomodidad del que habla. Lo que suele funcionar es más sencillo: estar, traer comida, ocuparse de un trámite, preguntar qué necesita hoy y aceptar que la respuesta puede ser nada.

Lo que este enfoque no resuelve

Sería deshonesto convertir a Camus en un manual de autoayuda para catástrofes. Su filosofía no explica por qué un sistema de seguridad falla ni quién debe responder por ello. Las preguntas sobre responsabilidades, inversiones y controles son legítimas y necesarias, y una sociedad que no las hace no está siendo serena, sino descuidada. La rebeldía de Camus incluye exigir que lo evitable se evite.

Tampoco tiene sentido pedir a quien espera noticias que sea lúcido o que haga su oficio. La filosofía del deber cotidiano está pensada para los que pueden actuar, no para quienes están atravesando lo peor. A ellos solo cabe ofrecerles tiempo, presencia y apoyo profesional. Si tú mismo estás afectado de cerca, o si estas noticias han despertado un dolor que te desborda, buscar ayuda psicológica no es una debilidad: es, también, una forma de no quedarte solo.

Y hay un límite más: la compasión a distancia se agota. Es normal que dentro de unos días la tragedia ocupe menos espacio en tu cabeza. No es frialdad. Lo importante no es sostener una emoción intensa indefinidamente, sino que, cuando llegue el momento —un homenaje, una petición de las familias, una donación necesaria—, sigas disponible.

Qué puedes hacer esta semana

Sin pretender grandes gestos, estas son cuatro acciones concretas inspiradas en la idea de Rieux de hacer bien lo que te toca.

  1. Limita tu consumo de noticias a dos momentos al día. Elige fuentes fiables, lee lo esencial y cierra. No compartas listas, imágenes ni hipótesis no confirmadas. Si dudas de algo, no lo reenvíes: el silencio también es una forma de respeto.

  2. Ayuda según lo que piden quienes gestionan la emergencia. Si quieres donar sangre, consulta antes a tu centro regional y considera hacerlo en las próximas semanas. Si quieres aportar dinero, hazlo a organizaciones que estén trabajando sobre el terreno y que expliquen en qué lo emplean.

  3. Llama a alguien que pueda estar tocado. Un amigo que viaja a menudo en tren, una persona que perdió a alguien en un accidente, un familiar mayor que vive solo con la televisión encendida. No necesitas hablar del accidente. Basta con que sepa que estás.

  4. Prepara lo que dirías, y lo que no. Si conoces a alguna familia afectada, piensa en una frase simple y verdadera, como «lo siento mucho, estoy aquí», y en un ofrecimiento concreto: llevar comida, cuidar a los niños, acompañar a un trámite. Evita las explicaciones. Ofrece tu presencia.

Camus escribió que en los hombres hay más cosas dignas de admiración que de desprecio. Lo dijo al final de una novela sobre una catástrofe, no a pesar de ella. En las salas de Toledo, entre la niebla y los vasos de café, esa frase se está cumpliendo cada hora: en el voluntario que no se va, en el forense que trabaja con cuidado, en el hermano que repite que la esperanza, siempre. A los que miramos desde lejos nos toca algo menos visible, pero igual de real: no añadir ruido, sostener a quien tenemos cerca y seguir ahí cuando las cámaras se vayan.

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