A ras de suelo

Por qué duele la muerte de alguien a quien nunca conociste: Tetsuya Chiba, Zhuangzi y el duelo

Tetsuya Chiba, el dibujante de «Ashita no Joe», ha muerto a los 87 años. Millones de lectores sienten una pena real por alguien a quien nunca vieron. El taoísmo de Zhuangzi explica ese duelo extraño y enseña a atravesarlo sin huir de él.

Por Redacción de A ras de suelo · · 12 min de lectura

Mesa de dibujo vacía junto a una ventana al amanecer, con páginas de manga de boxeo sin terminar, un plumín apoyado y una silla con una chaqueta

Esta mañana muchos lectores han recibido una noticia que no esperaban que les doliera tanto: Tetsuya Chiba, el dibujante de «Ashita no Joe», ha muerto a los 87 años. Falleció el 22 de octubre en un hospital de Tokio, según la Asociación de Dibujantes de Japón, y la noticia se ha hecho pública hoy. Tenía un síndrome mielodisplásico, un tipo de cáncer de la médula ósea, y en septiembre había interrumpido por motivos de salud la serie autobiográfica que todavía publicaba.

Si creciste con Joe Yabuki, el chico huérfano de los barrios pobres de Tokio que encontró en el boxeo una razón para vivir, quizá hoy notes algo raro en el pecho. No conocías a Chiba. Nunca le diste la mano ni le oíste hablar. Y, sin embargo, hay una pena ahí, pequeña pero real, que no sabes muy bien dónde poner. A lo mejor hasta te da un poco de vergüenza: «¿Cómo voy a estar triste por un señor de 87 años que no sabía que yo existía?».

Esa pregunta merece una respuesta seria. Y una de las mejores la escribió hace más de dos mil trescientos años un filósofo chino que, cuando murió su mujer, se sentó en el suelo y se puso a tocar un cuenco como si fuera un tambor: Zhuangzi.

Boxeador sentado en un taburete en la esquina de un ring vacío, cuyo cuerpo se deshace en ceniza blanca bajo un foco
Joe Yabuki termina «consumido hasta quedar en ceniza blanca»: una de las imágenes finales más famosas del manga.

Un dibujante que hizo llorar a un país por un personaje de papel

Para entender por qué duele la muerte de Chiba hay que entender lo que hizo. Empezó a publicar con diecisiete años, en 1956, todavía en el instituto. Había nacido en Tokio en 1939, pero pasó la infancia en Manchuria, en el noreste de China, y volvió a Japón tras la derrota de 1945 con una familia que lo había perdido casi todo. Ese niño que conoció el hambre y la intemperie dibujó después, con guion de Asao Takamori, la historia de otro chico sin nada: Joe.

«Ashita no Joe» se publicó en la revista Shōnen Magazine entre 1968 y 1973. Fue mucho más que un tebeo de deportes. Era el retrato de un país que se reconstruía a golpes, de una generación que salía de la pobreza a base de sudor y de jóvenes que sentían que no tenían otra cosa que su cuerpo y su rabia. Tuvo tal impacto que, cuando en la historia murió Tōru Rikiishi, el gran rival de Joe, cientos de lectores organizaron un funeral de verdad por él. Un funeral, con flores e incienso, por un personaje de ficción.

Esa anécdota, que a veces se cuenta como una rareza, es en realidad la clave de todo este ensayo. Aquellos lectores no estaban locos. Estaban haciendo lo que los seres humanos hacemos siempre: dar forma a una pérdida que sentíamos real, aunque el objeto perdido no fuera «real» en el sentido corriente de la palabra.

En 2024 Chiba se convirtió en el primer dibujante de manga que recibía la Orden de la Cultura, la máxima distinción cultural de Japón. Siguió dibujando casi hasta el final. Es decir: no se ha ido una figura lejana y retirada, sino alguien que seguía ahí, presente, como un mueble de la casa que no miras pero sabes que está.

El duelo por quien no conociste no es un duelo falso

Los psicólogos tienen un nombre para la relación que mantenemos con personas a las que no conocemos pero que forman parte de nuestra vida: relación parasocial. El concepto se acuñó en los años cincuenta para describir el vínculo de los espectadores con los presentadores de televisión, y hoy se aplica a escritores, músicos, deportistas, actores y creadores de contenido. Es una relación de una sola dirección: tú sabes mucho de esa persona; ella no sabe nada de ti.

Durante años se miró con cierta condescendencia, como si fuera un sucedáneo pobre de las relaciones «de verdad». Pero cuando alguien así muere, lo que sentimos tiene la misma textura del duelo: tristeza, recuerdos que aparecen solos, ganas de volver a leer o escuchar su obra, la necesidad de hablarlo con otros. La Asociación Americana de Psicología define el duelo como la respuesta ante la pérdida de algo o alguien significativo. La palabra importante es significativo, no conocido.

¿Qué perdemos exactamente cuando muere un autor que nos marcó? No perdemos una amistad. Perdemos otras cosas, igual de reales:

  • Una parte de nuestra propia historia. Joe va unido a una época de tu vida: la habitación donde leías, el amigo que te prestaba los tomos, la edad que tenías. Cuando muere su creador, esa época queda definitivamente cerrada.
  • La posibilidad. Mientras el autor vivía, siempre cabía la idea de una obra más, una entrevista más, un dibujo más. La muerte cancela el futuro de alguien que formaba parte de tu futuro imaginado.
  • Un recordatorio de la propia finitud. Si ha muerto quien dibujaba los héroes de nuestra infancia, nosotros también estamos más cerca del final de la historia.

Nada de esto es exagerado ni ridículo. Lo que suele hacer daño no es la pena, sino la sensación de que no tenemos derecho a sentirla. Es lo que algunos especialistas llaman duelo no reconocido: una pérdida que la sociedad no considera lo bastante importante como para darte permiso de sentirla.

Ilustración a tinta del sabio chino Zhuangzi sentado en el suelo tocando un cuenco de barro bocabajo, junto a una casa sencilla en otoño
Zhuangzi, sentado y tocando un cuenco tras la muerte de su esposa: la escena más escandalosa del taoísmo.

La imagen final: consumirse hasta la ceniza blanca

«Ashita no Joe» tiene uno de los finales más famosos de la historia del cómic. Tras el último combate, Joe aparece sentado en el taburete de su esquina, inmóvil, sonriendo levemente, con el cuerpo dibujado casi en blanco. Poco antes ha dicho que quería arder por completo, hasta que solo quedara «ceniza blanca». Nunca se aclara del todo si ha muerto o solo ha quedado vacío. Chiba dejó esa ambigüedad abierta a propósito, y durante medio siglo los lectores han discutido qué significa.

Es una imagen extraordinaria para pensar la muerte. No es heroica en el sentido habitual: no hay victoria clara, no hay discurso final, no hay redención. Hay alguien que ha vivido con tal intensidad que ya no queda nada por gastar. Y hay calma.

Esa calma es justamente la que nos falta cuando nos enfrentamos a una pérdida. Ahí es donde entra el taoísmo.

Zhuangzi y el escándalo del cuenco

Zhuangzi vivió en China en el siglo IV antes de Cristo y es, junto con Laozi, el gran autor del taoísmo. Su libro, que lleva su nombre, está lleno de parábolas, bromas, animales que hablan y sabios que se ríen de las convenciones. La Enciclopedia de Filosofía de Stanford lo describe como uno de los textos más originales y escurridizos de la filosofía china.

La historia más conocida —y más escandalosa— es esta. Cuando muere la esposa de Zhuangzi, su amigo Huizi va a darle el pésame y lo encuentra sentado en el suelo, con las piernas abiertas, tocando un cuenco de barro como un tambor y cantando. Huizi se indigna: has vivido con ella, ha criado a tus hijos, ha envejecido a tu lado; que no llores ya es bastante, pero ¿tocar y cantar? Es demasiado.

La respuesta de Zhuangzi es lo que importa. Dice, en esencia, que no es cierto que no sintiera nada: cuando ella murió, él también sufrió. Pero después reflexionó sobre su origen. Antes de nacer ella no tenía vida, ni forma, ni siquiera aliento. En medio de la confusión del mundo hubo un cambio y apareció el aliento; otro cambio y apareció la forma; otro y apareció la vida. Ahora ha habido un cambio más, y ha llegado la muerte. Es como la sucesión de las cuatro estaciones. Ella descansa ahora en la gran casa del universo. Si él siguiera llorando a gritos, concluye, demostraría que no entiende el destino. Por eso paró.

Joven de noche en la cama leyendo un manga gastado, con el móvil iluminado a su lado y expresión triste
El duelo por alguien famoso suele empezar así: una notificación en el móvil y un libro viejo que vuelve a abrirse.

Mucha gente lee esta historia como una lección de frialdad: el sabio que no siente. Pero eso es leerla mal. Zhuangzi no dice que no lloró. Dice que lloró y que, después, comprendió algo que transformó su llanto. El orden es importante. El taoísmo no te pide que te saltes la pena; te pide que no te quedes atrapado en ella como si la muerte fuera un error del universo.

Tres ideas taoístas para atravesar una pérdida

1. Todo es transformación, no desaparición

La idea central del taoísmo es el Dao, el «camino»: el flujo de cambio que lo atraviesa todo. Nada es fijo. Las cosas nacen, crecen, declinan y se transforman en otras. Zhuangzi insiste en que la vida y la muerte no son opuestos absolutos, sino dos fases del mismo movimiento, como el día y la noche.

Aplicado a la muerte de un autor, esto tiene una traducción casi literal. Chiba ya no dibuja, pero su obra ha seguido transformándose: Joe inspiró dos series de animación, dos películas, y en 2018 una reinterpretación de ciencia ficción, «Megalobox». En 2024 apareció por primera vez una edición oficial en inglés. Lo que él hizo sigue cambiando de forma en las manos de otros. No es un consuelo místico: es simplemente cómo funciona la cultura.

2. Aferrarse es lo que hace sufrir

Zhuangzi cuenta otras historias sobre la muerte. En una, cuatro amigos se juran amistad porque todos entienden que la vida, la muerte, la existencia y la desaparición son un solo cuerpo. Cuando uno de ellos enferma gravemente y se queda deformado, no se queja: se pregunta con curiosidad en qué lo convertirá el universo después. ¿En el ala de un pájaro? ¿En la pata de un insecto?

Es una actitud que a nosotros nos parece casi imposible, y quizá lo sea en su versión pura. Pero la intuición de fondo es útil: buena parte del dolor de una pérdida no viene de la pérdida en sí, sino de la resistencia a ella. Del «no debería haber pasado», del «no es justo», del «¿por qué ahora?». El taoísmo no te pide que te alegres de la muerte. Te pide que dejes de pelearte con el hecho de que las cosas cambian.

3. Actuar sin forzar: el wu wei del duelo

Otro concepto clave del taoísmo es el wu wei, que suele traducirse como «no-acción» pero que significa más bien «actuar sin forzar», como el agua que rodea la piedra en lugar de golpearla. En el duelo, wu wei significa no imponerte cómo deberías sentirte. Ni obligarte a estar bien enseguida («solo era un dibujante») ni obligarte a sufrir más para demostrar que te importaba.

Las emociones del duelo vienen en oleadas. Si dejas que pasen, pasan. Si intentas contenerlas o fabricarlas, se atascan.

Paisaje en acuarela con las cuatro estaciones a lo largo de un río, desde los cerezos en flor hasta la nieve, con un caminante solitario
Para Zhuangzi, nacer y morir se suceden como las estaciones: cambian las formas, no el río.

Lo que el taoísmo no dice

Conviene ser honestos con los límites de esta filosofía. Zhuangzi escribe sobre la muerte de una esposa anciana, después de una vida larga. No es lo mismo que la muerte de un hijo, una muerte violenta o una muerte prematura e injusta. Usar el cuenco de Zhuangzi para decirle a alguien en pleno dolor que «todo fluye» puede ser cruel. El taoísmo es una herramienta para pensar tu propia relación con la pérdida, no un argumento para quitarle importancia al dolor ajeno.

Tampoco sustituye la ayuda profesional. Si una pérdida —sea la de alguien cercano o la de alguien a quien solo admirabas— te deja durante semanas sin poder dormir, comer o funcionar, eso merece atención. Hablar con un profesional de la salud mental no es exagerar: es cuidarse.

Dicho esto, en el caso de un duelo como el de hoy, por un creador que murió a los 87 años después de una vida larga y fecunda, la lección de Zhuangzi encaja sorprendentemente bien. Chiba vivió como Joe quería vivir: hasta consumirse. Siguió dibujando cuando ya estaba enfermo. Su muerte no es una interrupción absurda, sino el final de un ciclo completo.

La muerte como el último cuadro de una viñeta

Hay un paralelismo bonito entre el oficio de Chiba y la filosofía de Zhuangzi. Un manga se cuenta en viñetas: cuadros separados que, juntos, producen la sensación de movimiento. Ninguna viñeta es la historia entera; cada una solo tiene sentido por las que vienen antes y después. Y una historia necesita un último cuadro. Sin final, no hay forma.

Zhuangzi pensaba la vida de un modo parecido. Cada existencia es una forma pasajera que el gran flujo adopta durante un tiempo. Lamentar que una forma termine es, en cierto sentido, lamentar que la historia tenga un final, cuando es precisamente el final lo que le da sentido. La ceniza blanca de Joe no es una derrota: es el último cuadro.

Cinco cosas que puedes hacer hoy si te ha dolido esta noticia

1. Date permiso. Dite, literalmente, «tengo derecho a estar triste por esto». El duelo no reconocido duele más precisamente porque te lo niegas. Aquellos lectores que organizaron un funeral por Rikiishi en los años setenta tenían razón: la pena se lleva mejor cuando se le da una forma.

2. Vuelve a la obra, no a las redes. Las noticias de una muerte famosa generan una avalancha de publicaciones, homenajes y, a menudo, polémicas. Tras un rato, eso cansa y no consuela. Mejor abre un tomo, mira un capítulo de la serie, busca un dibujo que te gustara. El vínculo era con la obra; es ahí donde puedes despedirte. Si te cuesta salir del bucle de pantallas, quizá te sirva lo que el budismo zen enseña sobre la ansiedad digital.

3. Cuéntaselo a alguien. Explica a otra persona qué significaba para ti, cuándo lo leíste, qué escena recuerdas. Compartir el duelo lo convierte en algo comunitario, que es lo que siempre ha sido en todas las culturas. Sobre por qué los vínculos nos sostienen, puedes leer lo que Epicuro decía de la amistad.

4. Haz el ejercicio de las estaciones. Siéntate unos minutos y piensa en la vida del autor como un ciclo completo: el niño que volvió de Manchuria, el adolescente que publicaba con diecisiete años, el creador en su mejor momento, el anciano que seguía dibujando. Mirar una vida entera, de principio a fin, ayuda a aceptar que tenga un final.

5. Pregúntate cómo quieres consumirte tú. La pregunta de Joe no es solo suya. ¿En qué te gustaría gastar tu energía hasta quedarte en ceniza blanca? No se trata de agotarte —sobre eso ya escribimos en cómo los estoicos combaten el burnout—, sino de entregarte a algo que valga la pena. La conciencia de la muerte, como recordaba Séneca ante un diagnóstico, puede ser una forma de despertar.

Conclusión: tocar el cuenco después de llorar

La muerte de Tetsuya Chiba nos recuerda algo incómodo: los vínculos que importan no siempre son los que tienen dos direcciones. Un dibujante que nunca supo tu nombre te acompañó en una época de tu vida, te enseñó algo sobre la lucha y la dignidad, y hoy ya no está. Sentirlo no es una tontería. Es la prueba de que su trabajo funcionó.

Zhuangzi no te pide que no llores. Te pide que, cuando hayas llorado lo que tengas que llorar, recuerdes que todo lo que existe está en movimiento, que la vida de Chiba fue una estación completa y que su obra ya ha empezado a ser otra cosa en manos de otros lectores. Entonces quizá puedas hacer lo que hizo el viejo sabio: sentarte en el suelo y, en lugar de lamentar el final, celebrar la historia entera.

Joe quería arder hasta quedar en ceniza blanca. Su dibujante lo hizo. Lo demás nos toca a nosotros. Y si lo que te pesa hoy es más bien el paso del tiempo, quizá te acompañe lo que Camus pensaba de la rutina y el absurdo.


Fuentes de la noticia: Kyodo News, Nikkei Asia y Anime News Network. Sobre Zhuangzi, la Enciclopedia de Filosofía de Stanford; sobre el duelo, la Asociación Americana de Psicología.

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