Decidir sin garantías: Sartre y la angustia de elegir cuando ninguna opción es segura
Llevas meses dándole vueltas a una decisión y esperas una señal que no llega. Sartre diría que esa señal no existe, y que eso, bien mirado, es una buena noticia.
Por Redacción de A ras de suelo · · 10 min de lectura

Llevas meses con la misma pregunta. Quizá es si aceptar ese trabajo en otra ciudad, si dejar una relación que ya no funciona, si volver a estudiar a los treinta y tantos. Has hecho listas de pros y contras, has preguntado a amigos, has leído artículos, has hecho tests de personalidad. Cada vez que parece que te inclinas por una opción, aparece un argumento nuevo que te devuelve al punto de partida. En el fondo estás esperando algo: una señal, una certeza, alguien que te diga con autoridad cuál es la decisión correcta.
Esa espera tiene un nombre en la filosofía del siglo XX, y no es amable. Jean-Paul Sartre la habría llamado una forma de mala fe: intentar escapar de la libertad buscando que algo o alguien decida por ti. Pero su diagnóstico, aunque incómodo, contiene también una liberación. Si no hay una respuesta correcta esperándote en algún sitio, la decisión deja de ser un examen que puedes suspender y se convierte en algo que creas.
Este ensayo explora cómo el existencialismo de Sartre puede ayudarte con las decisiones difíciles, y también dónde se queda corto.

No hay instrucciones porque no hay un "tú" previo a tus actos
La idea más famosa de Sartre aparece en la conferencia que pronunció en París en 1945 y que se publicó como El existencialismo es un humanismo: en el ser humano, la existencia precede a la esencia. Suena abstracto, pero tiene consecuencias muy concretas.
Un cuchillo tiene una esencia antes de existir: alguien lo diseña pensando en cortar, y luego lo fabrica. Su función está decidida de antemano. Sartre sostenía que con las personas ocurre al revés. Primero existes, apareces en el mundo, y solo después te defines por lo que haces. No hay un diseño previo, una naturaleza humana fija ni un plan que debas descubrir. Eres lo que eliges ser, a través de tus actos.
Aplicado a tu decisión, esto cambia la pregunta. Estás buscando cuál de las opciones encaja con quien eres "de verdad", como si hubiera un yo auténtico escondido que la decisión correcta revelaría. Sartre diría que ese yo no está ahí esperando: lo vas a construir con lo que elijas. No eliges porque seas de una manera; eres de una manera porque eliges.
Esto es angustioso, y Sartre lo sabía. Pero también es liberador. Significa que no puedes equivocarte sobre quién eres, porque quién eres todavía no está escrito.
La angustia no es un error del sistema, es la señal de que eres libre
Sartre afirmaba que estamos "condenados a ser libres". Condenados porque no elegimos ser libres: lo somos sin remedio, e incluso no decidir es una forma de decidir. Si dejas pasar la oferta de trabajo esperando una señal, también has elegido: has elegido quedarte.

La angustia, en este marco, no es un síntoma de que algo va mal. Es la experiencia de enfrentarse a esa libertad sin red. Sartre la describe con un ejemplo cercano al vértigo: al borde de un precipicio, no solo temes caerte; temes también que nada te impide tirarte. La angustia es darse cuenta de que tus actos dependen solo de ti.
Esta lectura tiene algo de alivio práctico. Si sientes angustia ante una decisión importante, no significa que debas esperar hasta dejar de sentirla. Probablemente no desaparecerá, porque es el precio de elegir algo que importa. La pregunta no es cómo eliminarla, sino cómo decidir con ella.
Sartre lo ilustró con un caso real: un alumno suyo, durante la ocupación alemana, dudaba entre unirse a la Resistencia en Inglaterra o quedarse a cuidar de su madre, que dependía de él. Le pidió consejo. Sartre le respondió que era libre y que debía elegir, es decir, inventar. Ninguna moral general podía decidir por él. Ni siquiera el consejo de Sartre: el alumno ya sabía, al elegir a quién preguntar, qué tipo de respuesta buscaba.
La mala fe: las excusas que te cuentas para no elegir
Si la angustia es la experiencia de la libertad, la mala fe es la estrategia para huir de ella. Sartre la analiza en El ser y la nada con ejemplos memorables, como el del camarero que se mueve con una precisión exagerada, como si interpretara el papel de camarero. Se comporta como si ser camarero fuera su esencia, como si no pudiera ser otra cosa.

La mala fe aparece en las decisiones con frases muy reconocibles. "No puedo, es que yo soy así". "Las circunstancias no me dejan". "Tengo que hacerlo, no tengo opción". "Ya es tarde para mí". Algunas de esas frases tienen parte de verdad: las circunstancias existen y pesan. Pero se convierten en mala fe cuando las usas para negar que, dentro de esas circunstancias, sigues eligiendo.
Hay una forma de mala fe especialmente común en las decisiones modernas: la búsqueda infinita de información. Leer un artículo más, hacer otro test, pedir otra opinión. Parece responsabilidad, pero a menudo es una forma de aplazar el momento de elegir, con la esperanza de que la información decida por ti. Llega un punto en que más datos no aclaran nada; solo te permiten seguir sin decidir.
Detectarlo es el primer paso. Pregúntate: ¿esta excusa describe un límite real o me protege de la responsabilidad de elegir? La respuesta honesta no siempre es cómoda.
Elegir es también elegir para los demás
Una parte del pensamiento de Sartre que suele olvidarse es su dimensión ética. En la misma conferencia de 1945 sostiene que, al elegir, no solo nos elegimos a nosotros mismos, sino que proponemos una imagen de lo que debería ser un ser humano. Cuando decides, de algún modo afirmas el valor de lo que eliges.
Esto no significa que tu decisión de mudarte sea un manifiesto universal. Pero sí ofrece un criterio útil cuando dudas: ¿qué valores estoy afirmando con esta elección? Si aceptas ese trabajo por el sueldo, afirmas que la seguridad económica es prioritaria en este momento. Si lo rechazas para quedarte cerca de tu familia, afirmas otra cosa. Ninguna respuesta es objetivamente correcta, pero mirarlo así te obliga a pensar qué tipo de persona quieres ser, en lugar de qué opción minimiza el riesgo.
Simone de Beauvoir, compañera intelectual de Sartre, desarrolló esta idea en Para una moral de la ambigüedad: la libertad propia está ligada a la de los demás, y una elección auténtica tiene en cuenta cómo afecta a otros. Para conocer mejor ambos pensadores, puedes consultar la entrada sobre Sartre y la entrada sobre Simone de Beauvoir de la Enciclopedia de Filosofía de Stanford.
Planificar ayuda, pero ningún plan elimina el salto
Nada de lo anterior significa que debas decidir a ciegas. Pensar, informarte y consultar es razonable. El problema aparece cuando esperas que el proceso de análisis te dé una certeza que no puede dar.

Toda decisión importante tiene una parte que no se puede calcular. No sabes cómo te sentirás en la nueva ciudad, cómo cambiará la relación, qué ocurrirá en el sector dentro de cinco años. Puedes reducir la incertidumbre, pero no eliminarla. En algún momento hay que dar un salto, y ese salto no se justifica completamente con razones previas: se justifica, si acaso, con lo que hagas después.
Esto conecta con otra idea existencialista: el sentido de una decisión no está fijado en el momento de tomarla. Depende de cómo la vivas. Dos personas pueden mudarse a la misma ciudad por los mismos motivos y vivir experiencias opuestas, en parte por lo que cada una hace con esa elección. Elegir no es acertar; es comprometerse.
El miedo a equivocarte esconde una idea errónea del error
Gran parte de la parálisis ante una decisión procede del miedo a equivocarte. Pero ese miedo presupone algo que el existencialismo pone en duda: que existe una opción correcta y otra incorrecta, fijadas de antemano, y que tu tarea es descubrir cuál es cuál. Si las cosas fueran así, equivocarte sería como fallar una pregunta de un examen con solución.
En la mayoría de las decisiones vitales no hay una respuesta escondida. Hay caminos distintos, cada uno con sus pérdidas y sus ganancias. Aceptar el trabajo en otra ciudad significa ganar unas cosas y perder otras; quedarte también. Ninguna opción te da todo. Lo que llamamos "equivocarse" suele ser, en realidad, descubrir el precio de una elección que ya sabíamos que tenía un precio.
Sartre insistía en que no podemos compararnos con una versión ideal de nosotros que hubiera elegido otra cosa, porque esa versión no existe. Solo existe la persona que eligió y lo que hace a partir de ahí. Mirar atrás con la pregunta "¿y si hubiera elegido lo otro?" es una forma de imaginar una vida que nunca fue posible del todo, porque la habrías vivido con las mismas dudas, otras pérdidas y otras sorpresas.
Esto no significa que todas las decisiones sean equivalentes ni que no puedas aprender de ellas. Puedes reconocer que una elección te ha llevado a un lugar que no te gusta y decidir cambiar de rumbo. Eso no demuestra que la primera decisión fuera un error absoluto; demuestra que sigues siendo libre de elegir. De hecho, para Sartre, la posibilidad de volver a elegir es la mejor prueba de la libertad.
Si cambias la pregunta de "¿cuál es la opción correcta?" a "¿qué opción estoy dispuesto a sostener con mis actos?", el miedo no desaparece, pero cambia de forma. Deja de ser el temor a suspender un examen y se convierte en la responsabilidad de construir algo. Y eso, aunque exige más, paraliza bastante menos.
Dónde la idea no sirve
El existencialismo de Sartre tiene límites importantes.
El primero es que puede subestimar el peso de las circunstancias. Decir que siempre somos libres de elegir suena distinto si tienes dinero, salud y apoyo familiar que si no los tienes. El propio Sartre matizó su postura en obras posteriores, atendiendo más a las condiciones sociales e históricas. Beauvoir fue también muy consciente de cómo la situación de las mujeres limitaba sus opciones reales. No todas las decisiones están igual de abiertas para todo el mundo.
El segundo es que la insistencia en la responsabilidad total puede generar culpa. Si eres lo que eliges, cada error parece revelar algo sobre ti. Conviene recordar que el existencialismo también dice que puedes volver a elegir: ninguna decisión te define para siempre.
El tercero es práctico. Hay decisiones que sí tienen respuestas mejores y peores según criterios bastante claros: médicas, financieras, legales. En esos casos, la información experta importa mucho y no es mala fe consultarla. El existencialismo se aplica sobre todo a las decisiones de vida, aquellas en las que lo que está en juego son tus valores.
Y el cuarto: si la duda te paraliza durante meses y se acompaña de ansiedad intensa, puede ser útil hablarlo con un profesional. A veces la dificultad para decidir tiene raíces que la filosofía no alcanza.
Qué cambia el lunes por la mañana
Cuatro acciones concretas para tu decisión pendiente:
- Pon fecha a la decisión. Elige un día concreto, dentro de dos o tres semanas como máximo, en el que vas a decidir. Hasta entonces, infórmate todo lo que quieras; ese día, eliges con lo que tengas.
- Caza tus frases de mala fe. Escribe todas las razones que te das para no decidir. Junto a cada una, anota si describe un límite real o te protege de la responsabilidad. Sé honesto.
- Pregúntate qué valores afirmas. Para cada opción, completa la frase: "Si elijo esto, estoy diciendo que lo más importante para mí ahora es…". Mira cuál de las respuestas reconoces como tuya.
- Decide qué harás después. Elegida la opción, escribe tres acciones concretas para darle sentido durante el primer mes. Recuerda que el valor de una decisión se construye después de tomarla.
Ninguna de estas acciones garantiza que aciertes. Lo que hacen es devolverte el lugar que te corresponde: el de alguien que elige, en lugar de alguien que espera a que la vida elija por él.
Si la decisión que te ocupa tiene que ver con el trabajo, quizá te sirva el ensayo sobre estoicismo y burnout. Y si la angustia de elegir se mezcla con la sensación de que el tiempo se acaba, lee nuestro texto sobre Camus y el absurdo de la rutina. Encontrarás más en la sección de decisiones y dudas.
Para leer a Sartre directamente, El existencialismo es un humanismo es breve y accesible. El ser y la nada es una obra mucho más exigente, recomendable solo si te interesa la filosofía en profundidad.
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