La esperanza es una práctica: lo que la victoria de los estudiantes serbios te enseña sobre actuar sin garantías
El 1 de noviembre de 2024 se derrumbó la marquesina de la estación de Novi Sad y murieron dieciséis personas. Dos años de protestas después, un movimiento nacido en las universidades ha ganado las elecciones y ha puesto fin a la era de Aleksandar Vučić. William James dedicó su vida a una pregunta que hoy vuelve a estar encima de la mesa: ¿tiene sentido actuar cuando no tienes ninguna garantía de éxito?
Por Redacción de A ras de suelo · · 9 min de lectura

Imagina la escena. Es domingo por la noche en Belgrado y las urnas acaban de cerrarse. En las calles hay estudiantes que llevan dos años protestando: primero por la marquesina de la estación de tren de Novi Sad, que se derrumbó el 1 de noviembre de 2024 y mató a dieciséis personas; después contra la corrupción y la negligencia que aquel techo roto vino a simbolizar. Muchos de ellos han sido detenidos, insultados en la televisión pública, acusados de ser agentes extranjeros. Y esta noche, contra casi todos los pronósticos, el hombre que gobernaba Serbia desde hacía catorce años aparece en pantalla y reconoce la derrota. La Lista Estudiantil ha ganado. La gente baila en la plaza, los coches tocan el claxon y una estudiante le dice a la BBC, entre risas y lágrimas, que es un milagro.
Pero no fue un milagro. Fue algo mucho más interesante: dos años de actuar sin garantías. Y eso es exactamente lo que te conviene pensar este lunes, porque tu vida está llena de situaciones en las que no actúas precisamente porque no tienes garantías. No escribes ese mensaje, no te apuntas a esa asociación, no plantas cara a ese problema, porque no ves el resultado asegurado. William James, el filósofo y psicólogo estadounidense que fundó el pragmatismo, construyó buena parte de su obra sobre esa duda exacta. Su respuesta es incómoda y liberadora a la vez: la esperanza no es un pronóstico sobre el futuro. Es una práctica que ayuda a producirlo.

La esperanza no es un pronóstico
Cuando dices «no tengo esperanza», normalmente quieres decir otra cosa: «he hecho un cálculo y el resultado sale mal». Tratas la esperanza como si fuera una previsión meteorológica. Miras las nubes, estimas la probabilidad de lluvia y decides si salir de casa. Si el parte es malo, te quedas quieto.
James pensaba que esa actitud es un error de categoría. En su ensayo La voluntad de creer, publicado en 1897 (puedes leer un resumen riguroso de su pensamiento en la Enciclopedia de Filosofía de Stanford), distingue entre dos tipos de situaciones. Hay preguntas en las que lo prudente es esperar a tener pruebas: si el tren llega a las nueve, consulta el horario y ya está. Pero hay otras —y son las importantes— en las que la prueba solo existe después de actuar, y a veces solo existe porque actuaste. La amistad es su ejemplo favorito: no puedes saber si alguien será tu amigo hasta que te acercas con confianza, y tu acercamiento es parte de lo que hace posible la amistad. Esperar la prueba antes de moverte es, en esos casos, una forma disfrazada de decidir que no.
Los estudiantes serbios vivieron esta distinción en carne propia. Si en diciembre de 2024 hubieran hecho el cálculo frío —un movimiento sin líderes, sin dinero, sin experiencia política, contra un partido con catorce años de control del Estado—, el pronóstico habría sido desolador. No actuaron porque el pronóstico fuera bueno. Actuaron, y el pronóstico fue cambiando con ellos. Eso es lo que James llamaba una verdad que depende de que alguien apueste por ella antes de tener razones suficientes.
Fíjate en lo que esto cambia en tu vida cotidiana. La pregunta «¿merece la pena intentarlo?» suele ser incontestable por adelantado. La pregunta que sí puedes contestar es otra: «¿qué clase de persona soy si ni lo intento?».
Actuar como si tu acto contara
La idea central del pragmatismo de James, expuesta en su libro Pragmatismo de 1907, es que el valor de una creencia se mide por la diferencia que produce en tu conducta. Una idea que no cambia nada de lo que haces es, para James, una idea vacía, por muy bonita que suene en un debate.
Aplica esa vara de medir a la esperanza. Si crees que tu voto no cuenta, no votas, y tu creencia se confirma a sí misma. Si crees que tu vecindario no tiene arreglo, no vas a la reunión de vecinos, y el barrio empeora un poco más. La creencia pesimista no es una descripción neutral de la realidad: es un ingrediente activo de la realidad que describe. James llamó a su posición «meliorismo», un punto medio entre el optimismo ingenuo y el pesimismo derrotado. El mundo no está salvado ni condenado: está en juego, y lo que tú hagas forma parte de lo que decidirá el resultado. Se suele resumir su actitud en una frase que le atribuye la tradición: actúa como si lo que haces marcara la diferencia, porque la marca.
Esto es lo contrario de la autoayuda del «piensa positivo». James no te pide que imagines un final feliz. Te pide que observes que tu conducta es uno de los datos con los que el futuro se construye, y que retirarte también es una forma de intervenir: a favor del statu quo. La participación récord en las elecciones serbias de este domingo no cayó del cielo. Fue la suma de miles de personas que decidieron, cada una por su cuenta y sin ninguna certeza, que su gesto contaba.

Nadie cambia nada solo
Hay un detalle de la historia serbia que merece que te detengas en él. El movimiento no tenía un líder carismático. Las decisiones se tomaban en asambleas universitarias, por consenso, en procesos lentos y a veces caóticos. La lista electoral que ha ganado no incluía a ningún estudiante: pusieron al frente a personas de confianza de la sociedad civil, como el cardiólogo Ilija Srdanović. La fuerza del movimiento no era una persona excepcional. Era la red.
Esto corrige una fantasía muy extendida: la del cambio como obra de individuos heroicos. Esperamos al líder, al genio, al momento épico. Mientras tanto, lo que de verdad mueve la historia es mucho menos fotogénico: gente corriente que se organiza, se turna, se cuida, aguanta. La amistad y la confianza no son el adorno emocional de la acción colectiva; son su infraestructura. Ya lo viste en el ensayo sobre Epicuro y la amistad: los vínculos no son un lujo que te concedes cuando todo lo demás va bien, sino la base sobre la que todo lo demás se sostiene.
James lo entendió desde la psicología. Sabía que la voluntad individual es frágil, que la motivación se agota, que la duda vuelve cada mañana. Por eso la esperanza práctica necesita compañía: personas que sostengan la llama los días en que tú no puedes, y a quienes tú se la sostengas cuando les toque a ellos flaquear. La imagen de la esperanza no es la del atleta solitario. Es la de una vela que enciende otra vela.
Si te sientes solo frente a un problema demasiado grande —tu trabajo, tu ciudad, el clima, la política—, la primera acción pragmática no es resolverlo. Es encontrar a las otras personas que también lo ven. Lo que cambió Serbia no empezó en un mitin. Empezó en pasillos de facultad, en cafeterías, en grupos de mensajes donde alguien escribió «hay que hacer algo» y otra persona contestó «vale, ¿quedamos el martes?».

La fe que crea los hechos
Hay una objeción que quizá te esté rondando: ¿no es todo esto una forma de engañarse? ¿Creer sin pruebas no es exactamente lo que nos mete en tantos problemas?
James se tomó esa objeción muy en serio, porque era un hombre de ciencia. Su respuesta en La voluntad de creer es precisa: hay creencias que no son ni verdaderas ni falsas antes de actuar, porque los hechos que las harían verdaderas todavía no existen. «Esta protesta puede cambiar el país» no era verdadera en noviembre de 2024 ni falsa: era una hipótesis cuyo resultado dependía, en parte, de cuánta gente la sostuviera con su conducta. A este tipo de verdades las llamó verdades creadas, y sostuvo que en los asuntos humanos —la confianza, el amor, la justicia, el coraje— son la norma y no la excepción.
Esto tiene un lado exigente. Si la esperanza es una práctica, no puedes consumirla: tienes que producirla. No basta con leer noticias buenas, con esperar a que alguien te devuelva las ganas. La esperanza se fabrica con actos pequeños y repetidos, muchas veces sin resultado visible inmediato, exactamente igual que la amistad o la forma física. Los estudiantes de Novi Sad y Belgrado bloquearon calles durante meses sin que nada pareciera moverse. El movimiento pareció estancarse, perder fuelle, desinflarse. Siguieron. El resultado de este domingo estaba contenido en esos meses grises, no en la noche de fiesta.
Es la misma lógica que encontraste en el ensayo sobre Sartre y la responsabilidad: no eres lo que sientes ni lo que planeas, eres lo que efectivamente haces. James añade el complemento amable de esa exigencia: lo que haces, aunque sea poco, cuenta de verdad.
Dónde la esperanza de James no sirve
Sería deshonesto venderte la esperanza práctica como una llave maestra. Tiene límites claros, y conocerlos es parte de usarla bien.
Primero: no sustituye a la información. James nunca defendió creer contra las pruebas, sino actuar donde las pruebas todavía no pueden existir. Si el médico te da un diagnóstico, la esperanza no consiste en negarlo, sino en decidir cómo vas a vivir con él, algo que exploraste en el ensayo sobre Séneca y la enfermedad. Confundir la esperanza con la negación de los hechos no es pragmatismo: es magia.
Segundo: no garantiza la victoria. Por cada movimiento que gana hay muchos que pierden, y James lo sabía. El meliorismo no promete que el mundo mejore; dice que la mejora es posible y que tu acto es una de sus condiciones. Actuar sin garantías significa exactamente eso: aceptar que puedes hacerlo todo bien y aun así no ver el resultado. La recompensa inmediata no es el triunfo, sino no haberte convertido en cómplice de lo que te indigna.
Tercero: puede volverse autoengaño colectivo si se desconecta de la realidad. Una comunidad que solo se repite consignas y no corrige sus errores no practica la esperanza, practica el eslogan. El pragmatismo exige revisar los resultados: si una táctica no funciona, se cambia. Los estudiantes serbios pasaron de los bloqueos a las marchas, de las marchas a la lista electoral. La esperanza práctica es terca en el fin y flexible en los medios.
Y cuarto: no todo depende de ti, y fingir lo contrario es otra forma de agotamiento. Si ya estás al límite, lo primero no es sumarte a una causa sino recuperarte; de eso habla el ensayo sobre el estoicismo y el burnout. La esperanza como práctica incluye descansar, porque una vela apagada no enciende a ninguna otra.

Qué cambia el lunes por la mañana
No vas a cambiar un país esta semana. Pero puedes cambiar tu relación con la esperanza, y eso empieza con gestos concretos.
Primero: deja de pedirle pronósticos a la esperanza. Identifica una decisión que llevas meses posponiendo «hasta ver cómo pinta». Pregúntate si estás esperando una prueba que solo puede llegar después de actuar. Si es así, la espera no es prudencia: es la decisión encubierta de no hacerlo. Date un plazo corto y da el primer paso esta semana.
Segundo: haz un acto pequeño sin exigirle resultado. Apúntate a esa reunión, escribe ese mensaje, ofrécete a esa tarea. No porque vaya a funcionar seguro, sino porque quieres ser de las personas que empujan en la dirección correcta. James te diría que el carácter se construye con apuestas, no con certezas.
Tercero: busca a los otros. Elige un problema que te importe y localiza a las personas que ya están haciendo algo al respecto: una asociación, un grupo del barrio, una comunidad en línea seria. No tienes que liderar nada. Tienes que aparecer. La esperanza solitaria se agota; la compartida se multiplica.
Cuarto: registra la evidencia de que actuar funciona. Lleva durante un mes una lista breve de cosas que cambiaron porque alguien —tú u otro— actuó sin garantías. La memoria pesimista es selectiva y solo archiva los fracasos. Corregir ese archivo es una disciplina, y es la materia prima de la esperanza que dura.
La noche del domingo, en Belgrado, un candidato de la Lista Estudiantil dijo que ningún obstáculo es mayor que la voluntad de un pueblo que decide tomar su destino en sus manos. Es una frase de noche electoral, y conviene desconfiar de las frases de noche electoral. Pero detrás hay algo que James firmaría sin dudar: el futuro no es un lugar al que vas, es una cosa que se hace. Y se hace, sobre todo, con otros.
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