A ras de suelo

Ozempic y el cuerpo que nunca está terminado: qué deseas cuando quieres pesar menos

Tres de cada cien euros que la sanidad pública gasta en recetas se van en un solo fármaco que, además de tratar una enfermedad, remodela cuerpos. El dato es de este lunes. La pregunta que viene detrás es antigua y muy incómoda.

Por Redacción de A ras de suelo · · 12 min de lectura

Mujer de espaldas ante un espejo de pie en el que su reflejo es un boceto a lápiz aún sin terminar, con una cinta métrica colgada al hombro, en una habitación de paredes crema iluminada por la mañana

Este lunes 2 de noviembre de 2026, elDiario.es ha publicado un dato que ocupa tres líneas y explica buena parte de nuestra época: la semaglutida, el principio activo del medicamento vendido como Ozempic, ya se lleva tres de cada cien euros que la sanidad pública dedica a financiar recetas dispensadas. Solo en 2025 esa cuenta rozó los 500 millones de euros, con 3,8 millones de envases, todos ellos para la única indicación que cubre el sistema público: la diabetes tipo 2 mal controlada y la obesidad. 1

El aviso venía del año anterior. Según el informe de prestación farmacéutica del Ministerio de Sanidad, en 2024 la semaglutida facturó 403,9 millones de euros, un 36,2 % más que el ejercicio previo, y se colocó como el principio activo de mayor importe de toda la prestación, por delante de la atorvastatina, dentro de una factura pública de 13.865 millones de euros. 2

Conviene detenerse en lo que significa eso. El medicamento en el que España gasta más dinero público es, al mismo tiempo, el objeto de deseo estético más comentado de la década: la inyección que aparece en los reels, la que se recomienda por mensaje, la que se convierte en rumor en una boda y en un gimnasio. No son dos temas distintos. Son el mismo tema visto desde la caja y desde el espejo.

Y ahí aparece la pregunta que casi nadie formula, porque todos están discutiendo otra. No es si debes ponerte esa inyección: eso lo decides tú con tu médico, y en muchos casos la respuesta es un sí evidente. La pregunta es por qué un cuerpo que ya ha cambiado sigue sin parecer suficiente, y qué se hace con un poder que remodela cuerpos sin decir para qué se quiere otro.

Mano firmando una receta médica con pluma estilográfica sobre un mostrador de madera de farmacia, junto a cajas azules y blancas de inyectores y una pila de monedas de euro
La firma de una receta decide muchas más cosas de las que parece.

Que algo funcione no te dice qué quieres

Empecemos por lo indiscutible, porque la desconfianza hacia estos fármacos a veces se apoya en datos falsos y eso también es un problema. La semaglutida funciona. Imita la acción de la hormona GLP-1, ralentiza el vaciado gástrico y aumenta la señal de saciedad, y por eso mucha gente deja de comer «por ansiedad» sin sentir que se está privando de nada.

Su eficacia no es una opinión de mercado. La OCU recuerda que, hasta la fecha, solo tres intervenciones han demostrado científicamente que pueden servir para adelgazar: una dieta hipocalórica acompañada de actividad física, determinados medicamentos autorizados para la obesidad —entre ellos los análogos de GLP-1— y, en casos concretos, la cirugía bariátrica. Todo lo demás, dice la organización, carece de pruebas sólidas: cosméticos, complementos, infusiones, parches. 3

Tampoco es una moda frívola: en el reportaje de elDiario, José Manuel, 54 años, descubrió su diabetes tipo 2 tras un infarto y, con semaglutida, redujo a la mitad su consumo de insulina y perdió 16 kilos en un año, más del diez por ciento de su peso. 1 Eso no es estética: es un cuerpo que ha dejado de estar en riesgo.

Ahora viene lo incómodo. Que una técnica resuelva el «cómo» con una eficacia notable no significa que te haya dicho el «para qué». Y la eficacia, precisamente por ser tan buena, anestesia la pregunta: si el método funciona, parece inútil discutir el objetivo. Mucha gente que usa estos fármacos fuera de indicación no es ignorante; sabe que funcionan, y por eso los usa. El problema no es la información. Es que una herramienta fiable nos permite no formular nunca lo que queremos, porque ya no hace falta quererlo con claridad: basta con inyectarse.

Epicuro separó tres deseos; solo dos tienen un borde natural

Epicuro de Samos, que vivió entre el 341 y el 270 antes de nuestra era, dejó en la Carta a Meneceo —conservada porque Diógenes Laercio la copió en el libro X de sus Vidas— una clasificación que sigue siendo la mejor herramienta de diagnóstico que conozco sobre este asunto. Distingue tres clases de deseo: los naturales y necesarios, los naturales pero no necesarios, y los que no son ni naturales ni necesarios, sino que nacen de una opinión vacía. 4

La diferencia no es moral, es estructural, y está en el borde. El hambre es un deseo natural y necesario, y tiene borde: comes, se apaga. Un plato exquisito es natural pero no necesario: te gusta, puedes disfrutarlo, y puedes vivir perfectamente sin él; su borde es más difuso, pero sigue siendo un placer del cuerpo. En cambio, «pesar setenta kilos», «dejar de ser la que se sienta al final de la mesa», «que no me miren» o «ser alguien que se fotografía sin esconderse» no responden a ninguna señal corporal. No hay un órgano que avise de que esa carencia está cubierta. Son opiniones, y las opiniones no tienen estómago.

De ahí la Doctrina Principal 15, una frase que cabría en un posavaso y que resume toda una economía del deseo: «La riqueza que exige la naturaleza tiene un límite y es fácil de conseguir; la que exigen las opiniones vacías se prolonga hasta el infinito.» 5

Epicuro no está diciendo «conformate con poco» ni recomendando ascetismo. Está describiendo una máquina: un deseo sin borde natural no se puede satisfacer, solo se puede aplazar. En los Dichos Vaticanos lo formula con una crudeza notable: la ingratitud del alma —no la necesidad del cuerpo— es lo que nos vuelve codiciosos de una variedad infinita en nuestra manera de vivir. 6

Cuando eso se aplica al peso, la pregunta útil deja de ser «¿debería adelgazar?» y pasa a ser otra, mucho más difícil de contestar con honestidad: ¿cuál de los tres deseos está hablando ahora mismo? Porque si es el primero, tienes un problema médico con un tratamiento razonable. Si es el segundo, tienes un gusto y un margen. Y si es el tercero, tienes una opinión ajena instalada dentro de tu cuerpo, y ninguna báscula va a poder con ella.

Jardín antiguo al atardecer con columnas de piedra, una higuera y una mesa de mármol con pan, agua, aceitunas e higos, mientras dos personas conversan sentadas a la sombra
La mesa del Jardín era modesta: pan, agua, higos y alguien con quien hablar.

El número de la báscula no tiene borde, y por eso se mueve

Cualquiera que haya perdido peso de forma sostenida conoce la coreografía. Bajas doce kilos. Esperas que la meta se sienta alcanzada, y no se siente: se desplaza. La foto de «antes y después» que querías hacerte ahora exige cuatro kilos más. La ropa que era el objetivo se ha convertido en otra ropa. Los comentarios pasan de «estás muy bien» a «estás delgado, ¿no?». Y aparece una sospecha molesta: quizá no querías pesar menos; querías otra cosa, y el peso era el camino más concreto que encontraste para pedírtela.

No es un fallo moral tuyo. Es el comportamiento esperado de un deseo que se alimenta de comparación, porque el conjunto con el que te comparas se actualiza conforme subes. Epicuro tenía para esto un remedio que no es la renuncia sino la autosuficiencia: disfrutar más de lo pequeño precisamente porque no depende de lo siguiente. Y una advertencia que sigue doliendo: «Desperdiciamos la vida difiriéndola, y cada uno muere sin haber disfrutado del ocio.» 6

Ese es el punto donde un fármaco se vuelve interesante filosóficamente, y no solo clínicamente. Puede comprimir el «cómo» de un año a tres meses, dejando el «para qué» tan indefinido como estaba, y con un número nuevo que perseguir más rápido. La técnica no crea el deseo infinito; le quita el freno de mano.

La vergüenza funciona como un termostato que se sube solo

Si el deseo fuera tuyo, bastaría con razonar contigo mismo. No lo es, y ahí está la segunda parte del cuadro, la que convierte un asunto de voluntad personal en un asunto de salud pública.

La Organización Mundial de la Salud advirtió en agosto de 2026 del aumento del uso de agonistas del receptor GLP-1 para perder peso fuera de las indicaciones aprobadas y sin supervisión médica, un uso «impulsado por las redes sociales y la venta a través de plataformas en línea», y pidió que estos medicamentos solo se adquiriesen por canales autorizados. 7

Meses antes, la Agencia Europea del Medicamento y la red de agencias nacionales —de la que forma parte la AEMPS— alertaron del fuerte aumento de medicamentos ilegales comercializados como análogos de GLP-1 (semaglutida, liraglutida, tirzepatida), vendidos en sitios web fraudulentos y promocionados en redes, con productos que pueden no contener el principio activo declarado. En España, los medicamentos sujetos a prescripción no pueden comercializarse por internet. 8

Y en septiembre de 2026 la AEMPS ordenó retirar del mercado veintiún productos adelgazantes que contenían sibutramina, un anorexígeno suspendido en la Unión Europea por sus efectos adversos graves —arritmias, cardiopatías isquémicas, accidentes vasculares— y que ni siquiera figuraba en el etiquetado. 9

Esa secuencia no es una crónica de irresponsabilidad ciudadana. Es un síntoma filosófico. Cuando un deseo no tiene límite natural, el mercado encuentra el atajo, y hay personas dispuestas a arriesgar un daño real por una meta que se mueve. El cuerpo deja de ser el lugar donde vives y pasa a ser un aparato que hay que corregir. Pascal decía que casi todos los males de los hombres vienen de no saber quedarse quietos en una habitación; hoy ni siquiera nos quedamos: la fotografiamos, y nos fotografiamos dentro.

Báscula de baño analógica sobre un suelo de baldosas claras con la aguja borrosa, un pie desnudo a punto de pisarla sin llegar a hacerlo y un teléfono móvil en el suelo con la foto borrosa de un cuerpo
El número no miente: simplemente no sabe cuándo callarse.

Lo que financia la sanidad pública también dice qué consideramos enfermedad

El sistema público paga la semaglutida para la diabetes y la obesidad en determinadas condiciones, y no para perder peso por estética. Ese límite no es solo contable: es una decisión filosófica sobre la frontera entre enfermedad y norma, tomada con una cifra delante.

Dos posiciones honestas pueden sostenerse. La primera: la obesidad es una enfermedad crónica con una comorbilidad enorme, y negar un tratamiento eficaz a quien lo necesita es cruel; que una molécula absorba el tres por ciento de la factura de recetas es barato comparado con lo que cuesta la diabetes mal controlada. La segunda: ningún sistema puede financiar un deseo que no tiene límite natural, porque si paga remodelar cuerpos según la norma estética de cada temporada, está pagando algo que no podrá terminar de pagar nunca.

Epicuro no resuelve la discusión, pero la reordena. Un sistema que gasta cada vez más en los síntomas de una opinión sobre el cuerpo, mientras apenas regula el entorno alimentario que produce el daño metabólico que nadie eligió individualmente, está tratando la consecuencia individual de una causa colectiva. Y los propios profesionales lo dicen sin necesidad de filosofía: en el primer Congreso Nacional de la Sociedad Española de Farmacéuticos y Nutricionistas Comunitarios, celebrado en Toledo en octubre de 2026, su presidente advirtió de que estos fármacos «están muy bien indicados cuando es necesario, pero no se puede abusar de ellos», y que «lo importante es adquirir un hábito de estilo de vida y de alimentación». 10

Dónde Epicuro no sirve

Conviene decir dónde se rompe este razonamiento, porque es fácil usarlo para culpabilizar a quien está mal.

Primero: la obesidad es una enfermedad. Decirle a una persona con un índice de masa corporal de 40 y prediabetes que «revise sus deseos» es cruel y falso. Un fármaco recetado, indicado y seguido puede salvarle la vida o devolverle una vida funcional, y nadie con autoridad moral le va a sustituir esa ayuda por una reflexión sobre la opinión vacía.

Segundo: no hay un único límite natural para todos los cuerpos. Hay personas que, varios kilos por debajo de su peso actual, se sienten y están objetivamente mejor: duermen, se mueven, controlan su glucemia. Pedirles que se acepten tal como están es pedirles que renuncien a una ayuda legítima.

Tercero: el deseo no es del todo tuyo. El marketing, el feed, los comentarios de tu familia, la norma estética de tu trabajo o de tu ciudad. Tu responsabilidad individual no borra la responsabilidad colectiva, y el retiro al Jardín que Epicuro recomendaba es un privilegio que casi nadie tiene: no puedes mudarte a un jardín mientras cobras una nómina y vives donde vives.

Cuarto: «acuérdate de lo que tienes» puede convertirse en una excusa para abandonar a quien pide ayuda. Si tu peso te está haciendo daño, la respuesta no es solo pensar mejor sobre el peso.

Quinto: hay casos en los que la filosofía es el recurso equivocado. Si el peso está ligado a un trastorno de la conducta alimentaria, o si estás comprando jeringuillas por internet, lo útil no es un ensayo: es un médico, una enfermera, tu farmacéutico y, si hace falta, un profesional de salud mental. Las recomendaciones de la OMS y de la AEMPS son claras: solo prescripción, seguimiento y canales autorizados.

Y una última cosa, por honestidad: este texto no te dice cuánto deberías pesar. Nadie que no sea tú debería decirlo; y tampoco tú, sin más ayuda que una cifra.

Persona que se aleja caminando por una calle al final de la tarde con una bolsa de tela y una bolsa de papel con pan y verduras, mientras en el escaparate que deja atrás varias pantallas muestran siluetas corporales ideales
Bajar el volumen de la opinión es la única dieta que no necesita receta.

Qué cambia el lunes por la mañana

No necesitas decidir hoy si vas a adelgazar ni si el sistema gasta bien su dinero. Puedes empezar por cuatro cosas pequeñas, todas verificables.

  1. Clasifica el deseo antes de actuar. Escribe qué podrás hacer o sentir exactamente cuando peses X. Si la respuesta es una situación social («que me miren», «que no se rían de mí», «que me inviten»), estás ante un deseo de tercera clase: ninguna báscula puede dártelo, y seguirás buscándolo donde no está. Si la respuesta es una función corporal («subir las escaleras sin pararme», «dormir sin apneas», «bajar la glucemia»), tienes un objetivo con borde, y puedes trabajar sobre él con un profesional.
  2. Separa la consulta médica de la intención estética. Pide una valoración con datos —peso, analítica, antecedentes, tratamiento— y, aparte, admite en voz alta qué parte es estética. Las dos cosas son legítimas; no son la misma. No busques en una receta lo que una receta no puede dar, y no compres nunca por internet: la EMA, la AEMPS y la OMS advierten de productos ilegales, y la propia AEMPS ha retirado del mercado productos con sustancias peligrosas ocultas.
  3. Pon un borde verificable y decide antes qué contarás como terminado. Cambia «pesar menos» por «caminar treinta minutos sin parar», «medir X centímetros menos de cintura» o «tener la hemoglobina glicosilada por debajo de Y». Decide ahora qué consideras conseguido y qué harás cuando lo consigas, porque si no lo decides, la meta se moverá sola y te cobrarás el haber llegado tarde.
  4. Corta una fuente de opinión sobre tu cuerpo. Deja de seguir una cuenta, oculta un reel de «antes y después», pide a una persona concreta que deje de opinar de tu cuerpo en voz alta. Un deseo nacido de una opinión necesita un suministro de opiniones para seguir existiendo: corta el suministro y verás qué queda, que suele ser mucho más manejable y mucho más tuyo.

La mesa del Jardín era modesta: pan, agua, aceitunas, higos y alguien con quien hablar. No había un cuerpo encima. Epicuro no te preguntaría cuánto pesas, sino qué placer estás comprando y con qué lo pagas, porque la moneda de estas compras rara vez es dinero: es atención, son años y es la capacidad de estar donde estás.

Si te interesa seguir pensando en qué significa «suficiente», el ensayo sobre Diógenes y el dinero que basta va en una dirección parecida desde una escuela mucho más radical. Si lo que te agota es la comparación constante con los cuerpos de los demás, la ansiedad digital desde el zen pone el dedo en la pantalla que la abastece. Y si lo que quieres es pensar qué haces con el cuerpo que tienes mientras tanto, habitar tu casa es un buen sitio por donde empezar.

Tienes más ideas en la sección de dinero y ambición, en la escuela del epicureísmo y una selección de lecturas en los libros que recomendamos. Para leer a Epicuro directamente, la Carta a Meneceo ocupa cuatro páginas y se lee en una tarde; la encuentras en bibliotecas y en la edición digital de Diógenes Laercio, con las Doctrinas Principales y los Dichos Vaticanos en el mismo volumen.

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