No sabes qué quieres: Sartre y la mala fe del camino que heredaste

Estudiaste lo que tocaba, aceptaste el trabajo que apareció y ahora, con algunos años encima, alguien te pregunta qué quieres hacer y no tienes respuesta. No es que no lo sepas: es que nunca lo decidiste, y la vida se organizó sola alrededor de esa ausencia.

Sartre tenía un nombre incómodo para esto: mala fe. No significa mentir a otros, sino mentirse a uno mismo sobre cuánto margen tiene. Y casi todos vivimos en ella durante temporadas largas.

«La existencia precede a la esencia», dicho sin jerga

Esa frase de Sartre es menos críptica de lo que parece. Un cuchillo se fabrica con un propósito antes de existir: su esencia es cortar. Una persona, en cambio, primero existe y después se va definiendo por lo que hace. No hay un guion previo que diga qué eres.

La consecuencia es vertiginosa: nadie te asigna un sentido y, por tanto, el que tienes lo has ido eligiendo, aunque sea por omisión. Sartre lo expresó con una frase famosa: estamos condenados a ser libres. Condenados, porque no podemos no elegir; hasta no decidir es una decisión.

La mala fe es cuando te escondes detrás de lo que «eres»

En El ser y la nada, Sartre describe a un camarero demasiado perfecto: sus gestos son exactos, su voz es la de un camarero de manual. Está jugando a ser camarero como si eso fuera una cosa que se es, y no un papel que desempeña y podría dejar.

Reconoce el patrón: «es que yo soy así», «con mi familia no tenía otra opción», «a mi edad ya no se puede cambiar», «esto es lo que hacía mi gente». Cada frase convierte una elección sostenida en una naturaleza. Es cómodo, porque lo que no se elige no se puede lamentar. Y cuesta: te quita la autoría de tu propia vida.

Elegir no es empezar de cero

Sartre no dice que todo sea posible a cada instante. Habla de «situación»: nacemos en un lugar, con un cuerpo, una familia y una época que no elegimos. La libertad consiste en lo que hacemos con eso, no en negar que existe.

Ahí está el matiz útil. No se trata de dejarlo todo, sino de pasar de «esto me pasó» a «esto es lo que sigo eligiendo, y esto es lo que podría elegir distinto». A veces, tras mirarlo, sigues eligiendo lo mismo, pero ahora es tuyo, y eso cambia cómo se vive.

Dónde Sartre se queda corto

Su énfasis en la libertad individual se ha criticado con razón. Para quien tiene una hipoteca, personas a su cargo o un mercado laboral hostil, «puedes elegir» suena a insulto si no se acompaña de condiciones reales. Sartre, años después, reconoció con más peso el condicionamiento social y económico.

Tampoco conviene usarlo para culparte. Que algo no se haya elegido de forma consciente no significa que seas el único responsable de dónde estás. La pregunta de la mala fe sirve para recuperar margen donde lo hay, no para ignorar el que falta.

Qué cambia el lunes por la mañana

  • Escribe tres frases que empiecen por «es que yo soy…» o «no tengo más remedio que…» y pregúntate, de cada una, qué parte es un hecho y cuál es una elección que sigues renovando.
  • Distingue lo que no puedes cambiar a corto plazo (obligaciones, dinero, salud) de lo que sí (cómo empleas tus tardes, con quién hablas, qué aprendes).
  • Haz una elección pequeña y deliberada que lleves tiempo dejando que pase por defecto, y hazla a propósito.
  • Si descubres que sigues eligiendo lo mismo, díselo en voz alta: «esto lo elijo». Cambia la relación con lo que haces.

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