La fatiga de las apps de citas no es falta de compromiso

Son las once y media de la noche. Llevas cuarenta minutos deslizando perfiles en la cama, tienes cuatro coincidencias nuevas y no le has escrito a ninguna. Mañana vas a abrir la aplicación otra vez, casi seguro, aunque ya sepas cómo termina.

Eso es la fatiga de las apps de citas: no el cansancio de conocer gente, sino el desgaste de repetir un ritual que no cierra nunca. Kierkegaard lo llamó el estadio estético —la vida organizada para no comprometerse con nada, coleccionando posibilidades en vez de habitar ninguna— y no hacía falta un móvil para describirlo. Solo hacía falta alguien que prefiriera la promesa de la siguiente opción a la fricción real de una sola persona.

La fatiga de las apps de citas no mide cuántos perfiles ves, mide cuántos compromisos evitas

El estadio estético no es superficialidad, es una estrategia. Quien vive en él no rechaza el compromiso porque no le interese: lo aplaza porque comprometerse cierra puertas, y cerrar puertas duele. Cada perfil nuevo es una puerta que sigue abierta. El problema es que una vida hecha solo de puertas abiertas no tiene habitaciones.

Kierkegaard no describía esto como un vicio moral. Lo describía como una fase con lógica propia: mientras haya una posibilidad mejor en la siguiente pantalla, elegir a una persona concreta parece una pérdida, no una ganancia. La fatiga aparece cuando el cuerpo entiende lo que la cabeza todavía niega: que esa lógica no lleva a ningún sitio distinto de donde ya estás.

Lo que el diseño del producto gana cuando tú sigues deslizando

Aquí conviene ser preciso sobre quién se beneficia de que te quedes en el estadio estético. Las aplicaciones de citas no están diseñadas para que encuentres pareja y te vayas: están diseñadas, con recompensa variable y notificaciones intermitentes, para que vuelvas. Cuantas más coincidencias generes sin cerrar ninguna, más tiempo pasas dentro.

El mecanismo es sencillo y no requiere ninguna intención maligna, solo una métrica de negocio bien elegida: el tiempo de uso, no las parejas formadas, es lo que se reporta a quien invierte. Una coincidencia sin cerrar mantiene la sesión abierta más tiempo que una relación que ya salió de la aplicación. Nadie te está mintiendo directamente, pero tampoco nadie tiene incentivo para que dejes de necesitarla.

El malestar no es solo percepción. Un porcentaje considerable de quienes han usado apps de citas describe su experiencia general como negativa, y una parte relevante de mujeres dice sentirse a menudo desbordada por el volumen de mensajes que recibe, según estudios sobre las experiencias con las citas online. No es una impresión subjetiva: es el resultado esperable de un sistema optimizado para la permanencia, no para el cierre.

Dónde el existencialismo no sirve

Decir «sal del estadio estético, comprométete» suena bien hasta que se aplica mal. El existencialismo pone el peso entero en tu libertad de elegir, y eso tiene un límite real: parte de por qué sigues deslizando no es tu falta de coraje, es un producto construido por gente que factura con tu indecisión.

Reducir la fatiga de las apps de citas a un defecto de carácter —«te falta comprometerte»— le hace un favor gratis al diseño del producto. La responsabilidad es tuya sobre cómo usas la herramienta, no sobre cómo está construida la herramienta. Confundir esas dos cosas es la versión moderna de la mala fe: culparte a ti mismo de un mecanismo que no elegiste tú.

Sartre llamaba mala fe a mentirte sobre tu propia libertad, en cualquiera de las dos direcciones. Fingir que no eliges nada —«es la aplicación, no puedo parar»— es mala fe. Pero fingir que eliges en un vacío neutro, sin presión de diseño, también lo es. La libertad real está en el punto intermedio: sabes que el sistema empuja en una dirección y decides igualmente cuánto terreno le cedes.

Qué cambia el lunes por la mañana

  • Pon un límite de tiempo real antes de abrir la aplicación, no después. Diez minutos, con temporizador visible.
  • Deja de coleccionar coincidencias. Si ya tienes una conversación que te importa, ciérrala antes de abrir un perfil nuevo.
  • Pregúntate qué puerta llevas meses sin cerrar por no perder las demás. No hace falta responder ahora, solo nombrarla.
  • Sustituye «¿y si hay alguien mejor?» por «¿qué estoy dispuesto a no saber, a cambio de estar aquí?».

La pregunta no es si vas a encontrar a alguien mejor deslizando una hora más. Casi seguro que sí: siempre hay alguien más en la siguiente pantalla. La pregunta es cuánto tiempo puedes vivir coleccionando posibilidades antes de que ninguna cuente como una vida. ¿Qué pasaría si cerraras la aplicación esta noche sin decidir nada, solo para comprobar qué queda cuando no hay nadie más a quien mirar?

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