El doomscrolling es una respuesta lógica a un mundo absurdo

Son las dos de la madrugada y sigues bajando. Una guerra, una catástrofe, un titular sobre la economía que no entiendes del todo pero que te pone el estómago tenso. No buscas nada en concreto. Solo sigues bajando por si la siguiente noticia por fin explica lo que está pasando.

No lo va a explicar. El doomscrolling —el hábito de desplazarse sin fin por contenido negativo, esperando encontrar la pieza que le dé sentido al conjunto— parte de una expectativa que nunca se cumple, porque las noticias no están hechas para cerrar una historia. Están hechas para seguir abriéndola.

Ahí aparece el concepto que le pone nombre a esto. Lo absurdo —el choque entre tu necesidad de que el mundo tenga una explicación coherente y la terca indiferencia del mundo, que no está obligado a dártela— no es un fallo tuyo. Es, según Albert Camus, la condición de base. El doomscrolling es lo que pasa cuando esa condición se encuentra con una pantalla que nunca dice “esto es todo, ya puedes irte a dormir”.

El doomscrolling busca una historia donde solo hay sucesos

Una historia tiene principio, nudo y desenlace. Los sucesos del mundo no tienen esa forma: se acumulan, se cruzan, algunos se resuelven y la mayoría simplemente sigue. Tu cabeza, sin embargo, está entrenada para narrativas cerradas, así que sigue desplazando la pantalla buscando el párrafo que convierta el caos en relato.

Ese párrafo no llega porque no existe. Lo que existe es un algoritmo que premia el contenido que retiene más tiempo la atención, y el contenido que mejor retiene la atención es el que deja preguntas abiertas, no el que las cierra. El diseño técnico del scroll y la necesidad humana de sentido tiran, sin querer, en la misma dirección: hacia abajo, indefinidamente.

Lo absurdo según Camus: por qué el silencio del mundo no es un ataque

Camus describe lo absurdo como el divorcio entre el actor —tú, exigiendo razones— y el escenario —el mundo, que no responde en tu idioma. No es que el universo esté en tu contra. Es que la pregunta “¿por qué está pasando esto?” presupone un interlocutor que dé explicaciones, y ese interlocutor no existe. El silencio no es hostil. Es, simplemente, silencio.

Reconocer eso quita presión de una manera concreta: deja de tener sentido tratar cada titular como una pieza que falta en un rompecabezas que sí se puede completar. Algunos sucesos no se resuelven en tu turno de scroll. Algunos no se resuelven nunca del todo, y esa es información sobre el mundo, no un fracaso tuyo por no haber leído suficiente.

Camus no propone resignación ante esto. Propone lo contrario: seguir empujando —como Sísifo con su piedra— sabiendo que la piedra vuelve a caer, y encontrar en ese acto mismo, no en su resultado final, el único sentido disponible. Aplicado aquí: informarse tiene valor en sí mismo, independientemente de si al final “todo encaja”.

La objeción: cuándo mirar de cerca sí importa

Este marco tiene un límite claro y hay que decirlo antes de que sirva de coartada para desconectar de todo.

Si tu trabajo, tu comunidad o tu seguridad dependen de estar informado —una crisis sanitaria local, una convocatoria que te afecta directamente, una decisión que vas a votar—, dejar de mirar no es serenidad, es desatención con lenguaje elegante. El absurdismo pide dejar de exigirle al mundo un sentido narrativo. No pide dejar de participar en él.

La diferencia práctica está en la pregunta que te haces al mirar la pantalla: ¿esto me permite actuar sobre algo, o solo me mantiene en un estado de alerta sin salida? Buena parte del público evita las noticias “a veces o a menudo” según estudios de consumo de noticias, y esa evitación tiene el mismo problema que el exceso: ambas son reacciones a un volumen de información que ya no distingue entre lo que necesitas saber y lo que solo te mantiene mirando.

Qué cambia esta noche

  • Ponle un límite de tiempo al scroll antes de empezar, no a mitad. Decidido antes, cuesta menos respetarlo.
  • Cuando notes que buscas “la noticia que lo explique todo”, pregúntate si esa noticia existe o si el impulso es solo el hábito de bajar.
  • Cambia el verbo. No “informarme hasta entenderlo todo”, sino “informarme lo suficiente para actuar donde puedo actuar”.
  • Saca el teléfono de la habitación. El silencio del mundo se soporta mejor con luz apagada que con la pantalla todavía encendida a las dos.

Esta misma ansiedad tiene otra cara en el hábito de compararte en redes sociales, donde el problema no es el sentido sino el estatus. El tema de la ansiedad digital reúne los dos frentes, y la caja de herramientas de fondo es el absurdismo: no resuelve el ruido del mundo, te enseña a dejar de exigirle una explicación que nunca iba a llegar.

La piedra de Sísifo vuelve a caer cada vez. Él baja a buscarla otra vez de todos modos. ¿Qué cambiaría si mañana bajaras la pantalla no porque el mundo por fin tuvo sentido, sino porque decidiste que ya habías empujado bastante por hoy?

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