Saquear con excusa de protesta: qué le pasa a la ira cuando nadie responde de sus actos
Convocatorias anónimas para saquear comercios, escaparates tablados y un joven en prisión sin fianza. La pregunta que queda es vieja y muy concreta: qué convierte un acto colectivo en política y qué lo convierte en un robo con excusa.
Por Redacción de A ras de suelo · · 13 min de lectura

Son las siete de la tarde de un sábado de víspera de Todos los Santos y en varias ciudades de España los comercios han bajado las persianas y las han cubierto con tableros de madera. En las vitrinas que todavía se ven, una calabaza tallada y un fantasma de tela conviven con cartones que anuncian rebajas. La estampa es rara: la decoración de una fiesta infantil y la preparación de una trinchera en la misma fachada.
Esa misma semana, la Guardia Civil detuvo en Picanya, Valencia, a un joven de veinte años al que el Ministerio del Interior señala como presunto fundador e impulsor en España de Blocus, el canal que había difundido convocatorias para saquear comercios. El juzgado lo envió a prisión provisional, sin fianza, y le prohibió usar dispositivos electrónicos ni acceder a redes sociales, según informaron fuentes de la investigación. 1 En los días anteriores hubo otras detenciones vinculadas a esas convocatorias en Barcelona, Lleida, Valencia y Tenerife, varias de ellas de personas menores de edad. El departamento de Interior sostuvo que esos mensajes circularon «bajo apariencia de protesta estudiantil y otras reivindicaciones sociales», pero que buscaban el saqueo y el enfrentamiento violento. 2 La investigación sigue abierta y nadie está condenado: conviene decirlo antes de opinar.
Mientras tanto, los cuerpos policiales identificaron a centenares de personas en Barcelona y en otras capitales, y la recomendación de la embajada de Estados Unidos a sus ciudadanos era sencilla: evitar los lugares donde pudiera haber incidentes durante la noche de Halloween y el puente. 3
Y aquí aparece la pregunta que de verdad interesa, porque no es una pregunta sobre un grupo minoritario ni sobre un fenómeno pasajero. ¿Qué convierte un acto colectivo en política y qué lo convierte en un delito con excusa? ¿Por qué la misma palabra —justicia— sirve para exigir algo y para arrebatártelo? Hay gente con motivos reales para estar furiosa: alquileres que no bajan, salarios que no llegan, precios que suben, una sensación de que el futuro se ha cerrado. Esa rabia no es inventada. Lo que sí se puede poner en duda es el camino elegido, y conviene mirarlo con herramientas viejas, porque este problema lleva veintitrés siglos planteado.

Un canal anónimo no puede representar a nadie
Lo primero que distingue una protesta de una convocatoria de saqueo no es la violencia, aunque también lo sea: es el nombre.
Una manifestación dice «nosotros» y, al decirlo, se expone. Hay una organización que convoca, unos convocantes que dan la cara, una lista de asistencia en la cabeza de todos, un parte de daños que se puede negociar y unas reivindicaciones que alguien puede contestar. Por eso el Estado puede reunirse con quien protesta: sabe a quién citar. La protesta es un lenguaje entre personas identificables.
Un canal de mensajes masivos no funciona así. No tiene miembros, tiene suscriptores. No tiene representantes, tiene administradores que borran mensajes. Nadie responde de lo que hace el último que leyó la convocatoria. Y esa asimetría no es un detalle técnico: es la diferencia entre actuar y soltar algo. Cuando una idea no tiene que dar la cara, puede pedir cualquier cosa, porque quien la escribe no paga ninguna consecuencia.
Hannah Arendt recordaba que la acción política es, ante todo, el espacio donde alguien se presenta ante otros con un «quién» reconocible, y que la violencia puede destruir el poder pero es incapaz de producirlo. Un poder que se sostiene solo en el susto no puede sentarse a negociar con nadie, porque no ha construido nada con nadie.
Esto no significa que el anonimato sea siempre un problema. Denunciar en una dictadura, proteger a una víctima o escribir sobre un tema que te costaría el empleo son usos legítimos del anonimato: protege al débil frente al que manda. El criterio es fácil de aplicar si te lo preguntas de verdad: ¿a quién protege el disfraz? En los casos anteriores, te protege a ti. En una noche de saqueo coordinado por un canal, el disfraz protege a quien actúa y deja expuesto a quien no lo lleva puesto: el tendero que al día siguiente abre la persiana con el cristal en el suelo.
Hay un dato que dice mucho por sí solo. Interior señaló que las convocatorias circularon bajo apariencia de protesta estudiantil y reivindicaciones sociales. 2 Ese camuflaje ya es una confesión. Si el objetivo fuera político, no necesitaría esconderse de una reclamación.

Aristóteles: las revueltas no nacen del hambre, sino de una idea de justicia
Aquí es donde Aristóteles sigue siendo útil, y no como moralista, sino como analista. En el libro V de la Política estudia por qué las constituciones se rompen y las ciudades se dividen en facciones. Su conclusión es incómoda para quien busca una explicación sencilla: las revueltas no estallan por hambre desnuda, sino por una concepción de la justicia que la gente cree humillada. Cada bando, dice, defiende un principio verdadero y lo estira hasta el todo. Los que son libres e iguales reclaman igualdad en todo; los que tienen más quieren mandar en todo. Ambos sostienen una parte y la convierten en la ciudad entera. Ese argumento se resume en la entrada sobre su teoría política en la Stanford Encyclopedia of Philosophy. 4
Si tomas eso en serio, entiendes mejor la noche del 31 de octubre. La gente que salió no salió porque no supiera qué es una propiedad. Salió con una narrativa moral: «esto es de los ricos, y los ricos no lo merecen». Esa frase no es un análisis, es una idea de justicia aplicada a martillazos. Y funciona precisamente porque contiene una parte de verdad: hay riqueza que nadie ganó con esfuerzo y hay fortunas que crecen mientras los salarios se quedan quietos.
Aristóteles añade otra observación que sirve para el detalle. En el libro II de la Política, discutiendo la propiedad en común, advierte que lo que es de todos recibe el menor cuidado, porque cada uno espera que otro lo atienda. Piénsalo en el escaparate: nadie siente el comercio de la esquina como algo suyo, porque nadie ha participado en decidir nada sobre él. Cuando una ciudad se gestiona como cosa de nadie, se vuelve fácil considerarla botín de quien llega primero.
Y hay una consecuencia que el saqueo produce antes de que la policía haga nada: borra la diferencia. Para quien rompe un escaparate, la tienda de barrio y la franquicia del centro son igual de «de los ricos». Para quien trabaja doce horas detrás del mostrador y tiene una hipoteca, esa igualdad forzada es la peor de las humillaciones. Y un movimiento que convierte a tus vecinos en daño colateral ya ha perdido la única cosa que hace posible la política: que alguien quiera seguir hablando contigo.
La ira tiene una medida, y no la pone la multitud
Aristóteles no condena la ira. En la Ética a Nicómaco defiende algo más exigente: que existe un término medio respecto a la ira, un medio del que dice que apenas tiene nombre, y que la persona razonable se enfada por las cosas correctas, con las personas correctas, de la manera correcta, en el momento correcto y el tiempo correcto. 5 Es una definición que sorprende: no te pide que te calles, te pide una exactitud. La ira no es un caudal que hay que soltar; es un juicio, y como todo juicio puede estar mal calibrado.
De ahí que la pregunta no sea «¿tienes derecho a enfadarte?» —lo tienes—, sino «¿tu enfado está calibrado para lo que quieres conseguir?». Y en esa pregunta la multitud estorba, porque la multitud amplifica y no mide. La amplificación es su función: un canal sube el tono porque el tono sube las lecturas, y las lecturas suben el número de personas que salen a la calle, y las personas que salen suben el tono. Nadie decide nada en ese bucle. Por eso una convocatoria así no tiene nada que negociar: no hay una mesa donde sentar a un algoritmo de reacciones.
Albert Camus formuló en El hombre rebelde el límite que Aristóteles intuía: el rebelde dice «no» a lo que excede una medida, pero al mismo tiempo dice «sí» a algo que quiere conservar. En el instante en que la revuelta deja de conservar a la otra persona y la convierte en cosa, se vuelve contra sí misma y produce lo mismo que decía combatir. No hace falta citar a nadie para verlo: basta preguntar qué quedó del 24 de octubre en Barcelona, cuando varias centenas de personas recorrieron el centro, según la memoria del propio ministerio, y los negocios siguen sin cobrar. 2 Quedaron detenidos, muchos de ellos menores, con antecedentes que les siguen; quedaron escaparates nuevos que alguien pagó; quedaron horas de protección policial desviadas de otras tareas. Y las causas del enfado siguen exactamente donde estaban.
Sobre este punto conviene leer un antecedente serio. Después de los disturbios de agosto de 2011 en Inglaterra, el proyecto conjunto de The Guardian y la London School of Economics entrevistó a 270 personas que participaron en ellos en Londres, Birmingham, Liverpool, Nottingham, Manchester y Salford, y analizó además más de dos millones y medio de mensajes. 6 Su conclusión más incómoda no fue moral, sino de diagnóstico: la ira hacia la policía era un ingrediente consistente en todas las ciudades donde hubo desórdenes. El estudio se propuso explicar, no excusar, y su editorial lo decía sin rodeos: entender las razones no significa absolver. 7 Quien solo habla de «delincuentes» no entiende lo que pasó; quien lo llama «justicia» miente.

El botín no discute la propiedad: la imita
Hay un argumento final, y es el que más molesta a quien romantiza estas noches: el saqueo no cuestiona la propiedad, la copia.
Puedes pensar, con Rousseau, que la propiedad es una convención y que nadie trae un título de posesión al nacer. Esa es una crítica teórica e institucional: pide reglas distintas, repartos distintos, decisiones colectivas distintas. Pero el que entra en una tienda y se lleva una televisión para su casa no está formulando ninguna teoría. Está consumiendo, exactamente como consume quien la compra, con la única diferencia de que no la paga. Si la propiedad privada te parece una injusticia estructural, llevarte un objeto a tu salón no la discute: la reproduce en miniatura y en tu nombre.
Proudhon resumía la provocación en la frase «la propiedad es un robo». Nadie que saquea una tienda en su nombre está refutando nada: está confirmando que la única relación que le ofrecen con el objeto es tenerlo. Y mientras la conversación se mantenga en «robar o que te roben», nadie habla de lo único que importa, que es quién decide qué se produce, dónde se invierte y por qué una vivienda puede estar vacía y una familia en la calle.
Aristóteles tenía una idea que sirve de contrapeso: la ciudad no existe para intercambiar bienes, sino para vivir bien en común, y por eso, dice en la Ética a Nicómaco, los legisladores se preocupan más de la amistad que de la justicia, porque la amistad es lo que mantiene unida la comunidad. 5 El saqueo no redistribuye nada: retira a unas personas la confianza de que otras van a respetar su puerta. Y la confianza es el único activo que un barrio pobre no puede comprar.
Si buscas el mismo problema desde otro lado, este sitio ya lo trata: la ira y el conflicto en internet tienen una lógica parecida —la distancia convierte a la otra persona en pantalla—, y el dinero desde el cinismo griego muestra que despreciar el objeto es una crítica mucho más incómoda que quedarse con él. También puedes leer habitar una casa que no puedes pagar, porque el agravio que alimenta estas noches es real aunque la respuesta no lo sea.

Dónde esta lectura no sirve
Toda idea tiene un punto en el que deja de ayudar, y esta tiene varios.
No sirve para negar el agravio material. Un alquiler de mil cien euros con un salario de mil doscientos, un horario que no deja dormir, un pueblo sin servicios: eso no es una narrativa moral, es una condición de vida. Que la respuesta elegida sea absurda no convierte la queja en exageración. Si alguien usa este artículo para decir «no hay nada que ver aquí», está usando mal la herramienta.
No sirve para deslegitimar la protesta en general. Huelgas, manifestaciones, bloqueos de una carretera, ocupaciones de un local vacío: son acciones políticas, protegidas, y pueden ser incómodas y costosas sin dejar de ser eso. La diferencia no es el ruido; es que alguien responde de la acción, hay una reivindicación que se puede contestar y no se trata a las personas como cosas. Una protesta que interrumpe un semáforo y una noche de saqueos no son la misma clase de acto, aunque compartan una multitud.
No sirve para juzgar a quien toma lo necesario en un extremo. Si alguien roba alimento o una medicina porque no puede conseguirlos, la pregunta moral es otra y Aristóteles mismo la tiene prevista: llama equidad a la corrección que hay que aplicar cuando la regla general, por ser general, falla en el caso concreto. La norma no es un destino, y un juez sensato sabe cuándo la letra ya no dice lo que la justicia pediría.
No sirve para justificar cualquier forma de policía. El estudio de The Guardian y la LSE encontró que el rencor hacia los agentes estaba presente en todas las ciudades con disturbios, no solo en las mentes de los alborotadores. 6 Un Estado que trata a un barrio como territorio hostil le está enseñando a verlo como enemigo, y después se sorprende. La dureza sin control no es una respuesta al desorden; suele ser una manera de fabricar el siguiente.
No sirve para la gente que no tiene nada que ver con esto. La mayoría de las personas que sufren estos desórdenes son las que los padecen: el comercio pequeño, los vecinos, los que limpiaron los cristales al día siguiente. No necesitan un ensayo; necesitan una persiana nueva.
Qué cambia el lunes por la mañana
No necesitas afiliarte a nada ni escribirle a un diputado. Puedes empezar con cuatro cosas concretas, y su finalidad no es convertirte en activista, sino dejar de ser un número en la estadística de alguien que no va a responder de nada.
Separa el agravio del método, por escrito. Escribe en una línea qué te parece injusto —«no puedo pagar un alquiler de mil cien euros»— y debajo qué tipo de acción dirías que sirve. Después aplica un criterio: esa acción, ¿le dice a alguien «negocia conmigo» o «no puedes negarme»? La primera construye; la segunda solo exige. No es una distinción de buenas maneras: es la única que tiene salida.
Pon tu nombre en algo, aunque sea pequeño. Una plataforma de personas inquilinas, una asociación de vecinos, una cooperativa de consumo, un sindicato, un coro, una AMPA: cualquier cosa con lista, acta y alguien a quien se pueda llamar. Si no puedes firmar algo, no puedes exigir algo. Y si lo único que firmas es un mensaje anónimo, lo que has firmado es que otro decida por ti.
Deja de amplificar calendarios ajenos. No reenvíes la convocatoria con una fecha, una hora y una calle, aunque sea «para ver qué pasa»: estás haciendo gratis el trabajo de reclutamiento de alguien que no va a responder. Si quieres que el enfado circule, comparte un análisis, un reportaje local, una cifra o el nombre de una campaña que sí tenga a quién reclamar. La visibilidad del enfado no es el objetivo; que alguien ceda, sí.
Repara lo que tienes cerca, hoy. Si en tu barrio hubo un escaparate roto, compra ahí esta semana, ayuda a barrer, o pasa por la asociación vecinal. No es un gesto de consolación: es la única manera de que la persona que perdió algo te cuente lo que los análisis no dicen. Lo contrario de la multitud no es la indiferencia, es un público pequeño con nombre y dirección.
Aristóteles no le diría a quien sale a saquear «pórtate bien». Le diría algo más duro: que no está haciendo nada, que está gastando su enfado en un objeto que mañana será basura y que no le da ninguna posición en la discusión que le toca. La política empieza donde alguien dice «yo» delante de otros y escucha el precio de lo que hace. Mientras solo aparezca una silueta con la cara cubierta, no hay interlocutor: solo hay una cuenta pendiente. Y las cuentas pendientes no cambian nada, ni siquiera el precio del alquiler.
Si quieres seguir leyendo sobre cómo sostener una vida propia cuando el entorno aprieta, tienes la lista de temas del blog, la de escuelas de pensamiento y una sección de libros con lecturas para empezar despacio.
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