Dicen por ahí que la vida de cualquier persona es digna de ser contada, aunque sea como un recordatorio de lo que alguna vez ocurrió. Víctor Murrieta Osorio, de 58 años y oriundo de Ciudad Obregón, se gana la vida vendiendo chicles en el cruce de la avenida Juárez y el Bulevar Encinas.

A primera vista, Víctor, amarrado a su silla de ruedas, parece otra más de esas historias que van de tragedia en tragedia, seres abandonados a una deriva social cruenta e indiferente. Sin embargo, algo diferente hay en su mirada chispeante y vívida: su pasado es el de un hombre que vivió y se entregó a una causa.

Dirigente del Movimiento Estudiantil en Sinaloa en los años 70’s, Murrieta Osorio era un hombre de izquierda que se nutrió de la literatura marxista-leninista y que pertenece a esa generación idealista que luchaba de forma visceral e irreflexible por esa idea tan borrosa como lo es el bien común.

Fue en Culiacán en el año de 1979, cuando el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) de Nicaragua lo reclutó para que se uniera a la guerrilla que se libraba en aquel país para derrocar el dictador Anastasio Somoza.

A pesar de que nunca llegó a Nicaragua, Víctor se quedó varado en el Distrito Federal desarrollando tareas de logística y contacto del FSLN, y poco a poco se fue desencantando de esa izquierda atomizada en México que, como dijo José Revueltas, estaba más pendiente de salir en los medios que de trabajar por el bien común.

Padre de dos hijas a quien no ve, en 1981, cuando regresó a Culiacán, fue emboscado y herido con 5 impactos de bala que le hizo perder su pierna derecha. Con la lenta muerte de las ideologías y el fracaso del proyecto comunista a nivel mundial, Murrieta Osorio se fue convirtiendo en un personaje anacrónico, a menudo incómodo en todos los sectores, incluida la cobarde burocratización de la izquierda.

El filósofo Ludwig Wittgenstein recordaba en sus cuadernos que en la naturaleza humana jamás tendría más peso el sufrimiento global de la sociedad sobre el dolor individual. Osorio Murrieta bien podría ser la excepción que confirma esa regla: su cuerpo maltrecho, su precariedad económica y el ser ignorado por todos aquellos con los que luchó en ese pasado vertiginoso, no son obstáculos para que siga creyendo en esos ideales a los que entregó su vida.

“Yo estaba dispuesto a morir por la lucha social, por dejar un mejor lugar a los que venían atrás de mí. Tengo compañeros que llegaron hasta diputados. Todos los que llegan ahí son por vanidad y pretensiones. Llegan al poder y se les olvida el pueblo. Prefiero vivir así como me ves que ser como ellos”, finaliza Osorio Murrieta mientras se pone el semáforo rojo y aprovecha para seguir vendiendo chicles.

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